Tengo sensaciones encontradas con The Fighter. Por un lado tira para atrás con la siempre ominosa expresión “basada en hechos reales”, volviendo al drama encuadrado en el mundo del boxeo y a la épica proletaria que ya hemos visto en Rocky, Toro Salvaje o Million Dollar Baby, y que ya por avanzado sabemos como acabará porque, como ya sabemos, está basada en “hechos reales” o, lo que es lo mismo “es una historia más en la que un protagonista humilde supera todos los obstáculos, alcanza el sueño americano y se convierte en un (otro) ejemplo de superación”.
No obstante, por otro lado, está David O. Russell, un director que ha demostrado sobradamente que se pasa los formalismos por el forro y convierte lo que podría ser una película clásica y sobrante en una obra de factura extraordinaria a nivel estético, rítmico y narrativo. The Fighter no es una historia ascendente ni una de auge y caída, es una extraña combinación de ambas. Partimos de un momento en el que Micky (Mark Wahlberg) empieza a subir a la vez que su inseparable hermano, Dicky (Christian Bale), está sumido en una total consumición personal.


