Hace apenas tres meses tuve la oportunidad de visitar la hermosa ciudad de Praga. Creo que, a las personas que nos gusta viajar una inquieta curiosidad nos asalta cuando realizamos un viaje: ése que se ha soñado durante tanto tiempo. Sobre todo, nos invade una extraña ansiedad cultural por conocer «in situ» todo aquello que hemos podido ver a través de los medios de comunicación, tanto en imágenes, por algún libro, o quizá, por los comentarios de alguna persona que estuvo allí. Imagino que, desde ese momento, nos transformamos en una especie de esponja y absorbemos todo cuanto nos rodea.
En esta ocasión tenía gran interés, además de la monumental Praga, visitar la pequeña ciudad balnearia más grande de la República Checa: Karlovy Vary, fundada por el Sacro Emperador Romano Carlos IV en el año 1.370. Está situada en la parte occidental del país, entre cordilleras cubiertas de bosques, en la confluencia de los ríos Ohre y Telp que la cruzan de Norte a Sur, dividiéndola en dos orillas. Es de una belleza incomparable. Se puede captar la armonía entre el tiempo pasado y el presente. Su bella arquitectura cuyos estilos abarca el Clasicista, Imperio, Rococó, Biedemeir y el Art Nouveau; hermosas iglesias y el impresionante templo ortodoxo de los santos Pedro y Pablo, con sus cúpulas doradas que se alzan majestuosas hacia el cielo. Los paseos ajardinados, la recoletas placitas, los cuidados parques y la mezcla de los diferentes idiomas que se entrecruzan al pasar. Por otro lado, el sin final murmullo de las Fuentes Termales de aguas sulfurosas, el dulce olor de sus típicos dulces: las obleas y los barquillos de canela y vainilla. Parece que el tiempo pasara por aquí de una manera lenta, pero festiva.
Esta ciudad creció en importancia en el siglo XIX, debido a sus conocidas aguas mineralizadas, con poderes curativos para tratar varias enfermedades. Cuenta con 13 fuentes principales y cerca de 300 más pequeñas. Hacia la mitad del XIX se convirtió en un centro turístico, especialmente para las celebridades internacionales y de la realeza europea, por lo que también ha sido famosa por su tradición cultural.
Lujosos hoteles, restaurantes y comercios dedicados a joyerias, boutiques, souvenirs, y sobre todo, grandes tiendas dedicadas a la venta de toda clase de objetos de Cristal de Bohemia, están situados en el paseo llamado Stara Louka. En el lado derecho del río Telp se halla el Hotel de Russie, ahora llamado «Hanika», dónde se alojaba el escritor ruso Nikolai Vasilievich Gogol (1.809-1.852) que se dio a conocer con unas narraciones contenidas en el volumen «Veladas en la finca de Dikanka». Su éxito llegó con «Taras Bulba», «El retrato», «La naríz» y «El abrigo». En cuanto al género dramático: «El inspector» (1.836) y «El casamiento» son algunas de las más conocidas. En 1.842 publica la primera parte de «Almas muertas», con la que tuvo una amarga acogida, que le impulsó a escribir una segunda parte. Una vez terminada, él mismo la condenó al fuego, ya es vísperas de su muerte.
Continuamos en nuestro paseo y contemplamos algunos de los hermosos edificios simbólicos y
característicos de la ciudad: las hermosas Columnatas. Como su nombre indica, están sostenidas por numerosas columnas, que hacen de soportales para pasear protegiéndose de las inclemencias del tiempo. A su vez, hay instaladas fuentes para beber, en su interior hay salones para celebrar diversos actos culturales. La más grande es llamada Columnata del Molino y la más antigua la del Mercado. Las casas fueron construidas a finales del siglo XIX y sus fachadas están adornadas con azulejos, estucos y maderas nobles. Como curiosidad, cada casa tiene su nombre: La Casa de Gloria, de Astoria, de Pasteur, de Los Tres Moros, del Águila Negra, de La liebre Blanca. Dos nombres de prominentes personalidades fueron asiduos de este lugar: Karkl Mark y Seigmund Freud, creador del psicoanálisis. Éste último residió en La Casa Dorada, una placa luce en su puerta.