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Nadal o la soledad del corredor de fondo

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La competición, como habitualmente la entendemos todos, consiste en vencer a un deportista rival o a un equipo rival, pero a veces, para alguien que no entra dentro del parámetro «todos», la competición es algo más. A veces también consiste en vencerse a uno mismo para luego poder luchar contra los demás.

Eso ocurre muy pocas veces, pero ocurre. Es algo que no tiene que ver con el talento, ni con la fuerza física, ni con las horas de entrenamiento. Tiene que ver con la persona, con su espíritu de superación e inconformismo. Con un ansia irrefrenable de seguir avanzando.

Por eso Nadal siempre tiene que ganar una vez más que los demás. Primero a sí mismo, a su mente, a su cuerpo, a la razón, a sus 13 grand slams y a su Número Uno. Y luego a su rival. Porque es un inconformista, pero consigo mismo, no con los demás.

Otros quizá no lo sean, no por conformistas o poco luchadores, si no porque seguramente no lo consideren necesario. Porque realmente, ¿cuántas veces es necesario volver a subirse a la bicicleta?

Rafa Nadal es un corredor de fondo, es como Abebe Bikila, aquel magnífico etíope incansable. Corriendo solo, sin mirar atrás, corriendo contra sí mismo, apretando los dientes aunque no tuviese a nadie cerca. Corriendo kilómetro a kilómetro, torneo a torneo, bola a bola.

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