Y Dios creó a la mujer: luego Dios existe

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Roger Vadim se anticipa a la nouvelle vague con esta mítica película que catapultaría a la fama a Brigitte Bardot. Y curiosamente no fue gracias al éxito -relativo- que tuvo en Francia o en Europa, sino porque causó un gran impacto en Estados Unidos cuando se estrenó un año después, es decir en 1957. Tanto es así que fue condenada por la Liga Católica de la Decencia, vamos, una suerte de organismo que clasificaba los filmes en aquel país, al entender, con toda razón, que traspasaba los límites de la sexualidad tal y como se representaba en el cine de aquella época.

Vista desde la perspectiva actual, lo que sorprende es que en América Brigitte Bardot se convirtió de la noche a la mañana en un mito internacional, un símbolo del erotismo y de la mujer independiente y resuelta que hace lo que quiere con su vida. Curioso, como digo, porque en el film el papel de Juliette Hardy, su personaje, queda retratado como el de una ninfómana incontrolada, una puta sin remedio, que solo sirve para excitar a los hombres y poco más, y que depende de ellos para vivir. Una mujer que necesita ser dominada y domesticada por un varón fuerte que la ponga en su sitio y ya de paso que la defienda y sea capaz de dejarse romper la cara por ella.
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Así pues, lo que queda claro a lo largo de la película son dos cosas: que Brigitte Bardot era un potro salvaje rezumando erotismo en cuanto salía en un plano cualquiera (como ese plano antológico y obvio en que sale totalmente desnuda boca abajo entre la colada) y que el guión de Vadim y Lévy apestaba a machismo y la figura de la mujer es tratada con más miedo y desprecio que con admiración y cariño, que también, por supuesto.
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La película parece no gustar a nadie y hay una tendencia generalizada a criticar su poco creíble guión y una mala o inexperta realización de Vadim. Y claro, como yo suelo ponerme siempre del lado en que se pueda tocar más las narices, por no decir otra parte del cuerpo humano, pues voy a darle mis bendiciones, sin que me tiemble el pulso ni un ápice. A mi me gusta precisamente el guión porque cuenta muy bien y muy desenfadadamente el, valga la redundancia, desenfado de la protagonista e incluso el de los demás personajes. Sirva de ejemplo la escena de la declaración de matrimonio de Jean-Louis Trintignant en el puerto de Saint-Tropez (parece de todo menos una petición de mano) o la del banquete-noche de bodas que no acaba siendo ni una cosa ni otra.
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Y por supuesto, me encanta, como siempre, que esté rodada casi toda en exteriores o en casas o bares de verdad y no en estudios. Fue por este film por lo que Saint Tropez y la Costa Azul francesa se puso de moda como destino turístico. Por este naturalismo, ya dijimos, es también por lo que se anticipaba por muy poco al cine de Truffaut, Godard, Chabrol o Resnais.

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