¿Sabias que los cuentos infantiles originales no eran tan cándidos como los hemos conocido gracias a Disney? Las versiones que conocen los niños de las generaciones más jóvenes están completamente azucaradas y ambientadas en un mundo de color e ilusión en el que el bien siempre vence sobre el mal y los protagonistas sólo sufren pequeños contratiempos para alcanzar su meta. Sin embargo, las historias populares que recogieron escritores como los hermanos Grimm, Charles Perrault o Hans Christian Andersen no eran nada amables.

Por ejemplo, La Sirenita, una de las películas más amadas por las niñas que han crecido con el universo Disney, cuenta la historia de Ariel, la pequeña sirena que se enamora del príncipe Eric y hace un pacto con una bruja para ser humana y así casarse con su amado. Al final de la película – lo siento si alguien no la ha visto – la bruja gana y Ariel vuelve a ser sirena porque Eric no le da el beso de amor antes del atardecer del tercer día. Sin embargo, el padre de la Sirenita se apiada de ella y la vuelve a convertir en humana y comieron perdices y blablabla.

Andersen no fue tan conmovedor y en su relato la sirenita acaba convertida en espuma porque para sobrevivir, después de que el príncipe se casase con otra, debía matarlo con una daga que le habían conseguido sus hermanas. Ella decide no hacerlo y se arroja al mar para seguir su destino. Es cierto que al final las hadas la convierten en una de ellas y se hace inmortal, pero nada que ver con la película de dibujos.

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Este no es el único cuento que traumatizaría a los niños, aunque tal vez la culpa sea de quienes los dulcifican, ya que los cuentos se inventaron para que los niños se acostumbrasen, con estas historias, a situaciones difíciles de la vida, como la muerte o la ausencia de un ser querido.