Trece con veinte

Julio trabaja cada día de tres a nueve en un supermercado. No entiende de grandes finanzas ni inversiones en bolsa, pero sí de la pequeña economía que adivina cuando cientos de personas pasan ante sí. Julio siempre mira a los ojos cuando saluda a los clientes, pero pocas veces le corresponden. Mientras pasa los productos a través del lector láser reconstruye la vida de los compradores. Julio envidia a los estudiantes que cada jueves ahogan las preocupaciones en alcohol y se compadece de la anciana que vive sola, sin visitas imprevistas ni regalos de los nietos.

A veces sueña con viajar en una bolsa de plástico, junto a los cosméticos y los fresones, pero su horario es demasiado estricto. Se sabe de memoria las ofertas de la semana y la ubicación de cada uno de los productos, pero nadie le pregunta. Julio sueña con susurrárselo a la morena que va a comprar cada jueves a las seis y cuarto de la tarde. Con hacerle un mapa del tesoro para indicarle donde están las galletas y los yogures y buscarlos juntos. Regalarle una bolsa llena de diamantes de chocolate y derretírselos lentamente en su espalda. Julio quiere dejarle un mensaje oculto en el ticket de la compra, pero ella lo guarda sin mirarlo. Inventa anagramas con los que declararle su amor en la lista de la compra, con combinaciones imposibles entre pan integral, champiñones, cerezas, champús, cremas corporales y bandejas de pollo fileteado, siempre muy fino.

Julio suspira y la morena resopla con prisa mientras guarda la compra en bolsas. Se demora en darle el cambio y centra su atención en la yema de los dedos cuando le da la vuelta. Ella cierra la palma de la mano y se aleja con las bolsas y un taconeo que repica en su cabezadurante toda la tarde.

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  • Esther (Sofista)

    ¿Qué repica en su qué Marina? En el último párrafo falta una palabra, y aunuqe se sobreentiende está feo que falte 😉

    • En su “cabeza”, lapsus corregido. ¡Gracias! 😉