Transformers: El Lado Oscuro de la Luna podría ser perfectamente la película favorita de Georges Méliès si todavía viviera. Quizá la habría rodado él. La tercera entrega de Transformers es esta película que el erudito francés habría soñado a principios del siglo XX, esta película en la que el viaje a la Luna es sólo el aperitivo de un pomposo banquete de posibilidades técnicas. Incluso podría ser la película con la que soñaron vanguardistas rusos como Eisenstein o Pudovkin, unos fanáticos de los engranajes a los que no les importaba dejar la película en suspenso para rodar con precisión el funcionamiento de una máquina, ¿cómo se les quedaría el cuerpo tras meterse literalmente en las entrañas de un autobot?
Transformers 3 es éxtasis, locura, una nueva hazaña del cine de atracciones y un triunfo de lo figural sobre lo narrativo con su argumento resumible en una línea para 150 minutos de abstracción en forma de espectáculo pirotécnico. Para Michael Bay el guión no es más que un obstáculo y en Transformers: La Venganza de los Caídos demuestra que el tener que desarrollar una trama, por simple que sea, es una pérdida de tiempo para lo que quiere hacer. Sin embargo, al tercer intento consigue reducir la historia al mínimo y concentrarse en dejar rienda suelta a su imaginación infantiloide llena de petardos, robots gigantes, chistes fáciles y tías buenas. No hay más que ver como justifica la ausencia de Megan Fox con un primer plano del culo de Rosie Huntington-Whitely (antes modelo de Victoria’s Secret) y una broma-recado para la actriz desterrada. Simple, sencillo y sin embargo convincente, algo tan demente que haría que cualquier abonado a los Verdi que viera la película por accidente se cortara las venas con el bote de palomitas.
Extrañamente, la primera hora y media de la película se parece más a un drama casi intimista muy, muy hortera que sirve como rampa de impulso para saltar al acto final más alucinante de la historia del cine de acción, una batalla campal que redime cada minuto previo de qué-mierda-es-esto en el que la acción brilla por su ausencia. Por esto, lo siguiente que espero ver de Michael Bay es una película de hora y media que vaya directamente a los fuegos artificiales. Sin justificaciones, sin tramas y sin apenas líneas de diálogo. Sería la forma de acabar de pulir ese estilo dislocado que todavía tiene un complejo de inferioridad y a día de hoy, con las posibilidades técnicas que existen, no debería tener porque el placer de visualizar películas como Transformers: El Lado Oscuro de la Luna en 3D y en una pantalla de cine es algo diferente que films de Antonioni, Bergman, Goddard o tantos otros jamás podrán ofrecer.