El gusto por la lectura nos viene por múltiples caminos: un buen profesor que nos ha iniciado en la lectura; o bien a través de consejos de amigos; o bajo la influencia de revistas literarias donde nos hemos podido informar y elegir; o quizás es el mismo libro quien nos ha ido llevando de la mano descubriendo autores y sus obras.

Los caminos pueden ser infinitos, como variadas las respuestas a la pregunta:

¿Por qué leemos?

  • para vivir otras vidas
  • para complementar la realidad
  • para saber que no estamos solos etc…

Leer un libro es también averiguar quién hay detrás de él. Intentar saber más sobre la persona que ha sido capaz de crear unos personajes que quedan en nuestra memoria, y que conservan, a través del tiempo, la vitalidad del instante en que fueron concebidos. Esta investigación de la personalidad del autor nos lleva a comprender mejor su obra y el entorno en que fue escrita. ¿Quién no ha tenido la ilusión de conocer al que, a través de su escritura, nos hace pensar y sentir de manera especial?

Leer bien es uno de los mayores placeres que podemos obtener de la soledad, pero: ¿cómo leemos?

Dice Harold Bloom que “no hay una sola manera de leer bien, aunque hay una razón primordial para que leamos. A la información tenemos acceso ilimitado pero ¿dónde encontramos la sabiduría? La mejor forma de practicar la buena literatura es tomarla como una disciplina implícita; en última instancia no hay más método que el propio, cuando nos hemos moldeado a fondo”.

Virginia Woolf nos advierte con más gracia: “el único consejo que una persona puede dar a otra sobre la lectura es que no acepte consejos”.Sin embargo, ella había encontrado cómo aprovechar los consejos de otros, por ejemplo Walter Pater que definió el Romanticismo como “la suma de la extrañeza y la belleza”. Definición que podemos aplicar al descubrimiento de un buen libro.

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Del crítico romántico Willian Hazill comentó la escritora: “es uno de esos raros críticos que han pensado tanto, que pueden prescindir de la lectura”. Ella también pensaba incesantemente, pero leía tanto como podía. Lo que más impresiona de esta escritora es que sus problemas mentales no alteraron su amor por la literatura, su curiosidad y su pasión por aprender.

Aprender a través de las lecturas es crecer interiormente. Intentar comprender un buen libro y adquirir la sabiduría que emana de esos autores maravillosos es un reto que me propongo en estas páginas.