Los chicos están bien es la cita anual con la comedia indie comercial (esa gran paradoja), una ración de cine independiente postizo que se ha convertido en tradición desde el éxito de Pequeña Miss Sunshine en 2006. También como es habitual, la agitación de los cimientos de la familia convencional norteamericana, pero esta vez con el epicentro dramático situado en los padres o, mejor dicho, en las madres, y es que, como dice el título, los chicos están bien.
La harmonía de la familia formada por un matrimonio de dos mujeres (Annette Bening y Julianne Moore) con dos hijos (Mia Wasikowska y Josh Hutcherson) fecundados del mismo donante de esperma, es sacudida cuando los chicos, en un ramalazo de curiosidad, deciden que quieren conocer a su padre biológico (Mark Ruffalo). La irrupción de este hombre en la familia genera una crisis de pareja entre el matrimonio homosexual que, como cualquier otro matrimonio con años, había caído en una falsa tranquilidad amenazada por la monotonía.
Esta premisa ambivalente choca consigo misma porque a la vez que es un canto en defensa de la naturalidad de la homosexualidad, también es un alardeo constante de la modernidad más arquetípica (fotógrafos, skaters, diseño de jardines orientales, agricultura ecológica, restaurantes temáticos, etc.) y de liberalismo de bote.
Lisa Chodolenko, no obstante, toma la acertada postura de alejarse de la historia y contar los hechos sin fisuras ni juicios, dotando esta historia anti-costumbrista de pasmosa realidad gracias a un estilo sobrio, agilidad narrativa y, sobretodo, a un maravilloso trabajo actoral por parte de sus cinco protagonistas, especialmente Annette Bening, que todavía hoy es capaz de superarse a sí misma a pesar de contar con sobrado reconocimiento (¡aprende de ella, De Niro!).
Los chicos están bien, ante todo, es una discurso melodramático que recuerda una vez más que la comedia es un género perfecto para contar verdades, y que no tiene por que ser una máquina de desencajar mandíbulas de la risa. Esta película está tratada como un pedazo de realidad perfectamente verosímil y, por tanto, evocador e identificable a pesar de su enfermiza insistencia por generar simpatía a través del siempre enervante uso del cliché, aunque esta vez sólo empaña ligeramente una película moderadamente graciosa y fácilmente disfrutable.