Roger Federer lo ha vuelto a hacer. El tenista suizo, que en un momento de las últimas dos temporadas comenzó a demostrar el declive lógico que tienen todos los tenistas a su edad, y que en condiciones normales le hubiera alejado de seguir peleando por los primeros puestos de Grand Slam y demás competencias de primer nivel. Pues bien, ayer ha ganado el séptimo torneo de Wimbledon de su carrera.
Es que ya con la eliminación de Rafael Nadal en las primeras rondas de este certamen podíamos vislumbrar cómo todo se hacía más sencillo tanto para Federer como para el hasta ahora número 1 del mundo, el serbio Novak Djokovic, quien se asegurarse que el suizo no fuera campeón en la hierba inglesa, mantendría su puesto en la cima del ránking mundial, más allá de sus propios resultados.
Sin embargo, Federer tenía otros planes en mente, y tras despachar al propio Djokovic en las semifinales del torneo, ayer domingo se encargó de superar a Andy Murray, quien había derrotado al francés Tsonga en la otra semifinal, por un contundente 4-6, 7-5, 6-3 y 6-4, en tres horas y 24 minutos.
Lo cierto del caso, es que Federer, quien tendrá el honor de compartir desde hoy, cuando regrese al número 1 del mundo, este puesto por hasta 286 semanas, y que seguramente ampliará en un mayor período, al menos hasta que asistamos al US Open, el último Grand Slam de la temporada, privó a un británico de coronarse campeón en su propia tierra, algo que no sucede desde la década del ´30.
De esta forma, el suizo, que supo esperar su momento ubicado en el tercer puesto del escalafón mundial desde hace tiempo, aprovechó para dar su zarpazo en uno de los torneos que mejor se le ha dado a lo largo de su carrera, para alegría y reconocimiento de todos los fanáticos del tenis, que asisten, desde hace algunos meses, a encuentros en los que Federer se homenajea a sí mismo.