En busca del fuego: un mundo prometeico

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Hace unos cuantos años en un viaje a París compré en una librería cercana a la Sorbona una novela que ya conocía de oídas. Todavía la tengo, era un saldo y me debió costar muy pocos francos, ya que entonces no existía el euro. La verdad es que nunca he encontrado el momento para leer «La guerre du feu» de J. H. Rosny (algún día lo haré) y sin embargo sí que leí alguna otra de este padre de la ciencia ficción europea. Sin embargo, el tema siempre me pareció fascinante y por eso cuando me enteré que un director francés, Jean Jacques Annaud, de quien ya comenté El Oso, había realizado un film basándose en la novela que yo tenía, pues, hice por verla cuanto antes.

La película no es del todo fiel a la novela, según he podido pesquisar. Y no me extraña. ¿Por qué? porque cuando en 1911 se publica -con gran éxito de ventas- el libro, la idea de la Prehistoria era muy distinta a la de los años ochenta, que es cuando se rueda la película. Algo queda de esa visión brutal de los orígenes del hombre  en continua lucha con sus semejantes y cuya fuente de alimento es prácticamente la caza mayor. Sin embargo, hoy sabemos que el Paleolítico no era así, y, Annaud, se esfuerza en conciliar el argumento original del primogénito de los hermanos Rosny, con descubrimientos y teorías -antropológicas- mucho más actualizadas, más razonables y menos románticas.

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Dos escritores británicos muy peculiares avalan la parte gestual y linguística del film. Por un lado Desmond Morris conocido sobre todo por ser el autor del libro «El momo desnudo» en donde se ponen al día ideas darwinianas, y, por otro, Anthony Burguess autor de la novela La Naranja Mecánica que aporta una lengua inventada por él (aunque sinceramente, en la película lo que más se escuchan son gritos, gruñidos y gemidos) como ya hiciera con el nadsat, una jerga imaginada que hablaban los delincuentes adolescentes protagonistas de La Naranja Mecánica.

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Quizás lo más atractivo, dentro de las novedades añadidas por el director, sea la puesta en escena de la intemperancia sexual -en el Holoceno, continencia, ¿para qué?- contrastando con algo mucho más tracendente que la sojuzgación del fuego por parte de los homo sapiens sapiens: el descubrimiento del amor como categoría del pensamiento, y, por lo tanto, como ítem cultural. En este sentido, el final del film culmina, con una sobria escena de estimable belleza, una ficción por otra parte bastante truculenta y a ratos, poco creíble (no hay más que fijarse en las toscas caracterizaciones de los homínidos «malos»).

No obstante, hay que reconocerle a Annaud, como otras veces, que es un director atrevido y singular y que no se arredra ante nada. Ojalá hubiera ahora más directores con su temple y su personalidad.

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