La Carretera es sin duda la película más impactante que he visto en mucho tiempo. Leí el libro el año pasado y me cautivó, y lo mismo ha hecho una película maravillosamente adaptada que pasa por encima del tópico que dice que «el libro es mejor».
Con una propuesta visual austera, fotografía a cargo de Javier Aguirresarobe, construyen un mundo terrible que es la viva imagen de la desolación. Gris, frío, tenebroso y abandonado por la vida.
Entre este paisaje de cenizas y árboles caídos encontramos a un padre y a su hijo haciendo camino a ninguna parte por una carretera sin final, sin objetivo alguno. El padre tiene fe ciega en la humanidad que aún reside en su hijo, nacido durante el misterioso apocalipsis, y esta es la única fuerza que le queda para seguir luchando. Una fe que su esposa no tenía y por esto los abandonó a los dos en esta condena que es vivir en este nuevo mundo.
La Carretera es la perfecta plasmación de esencia más pura de la supervivencia por la supervivencia, del simple hecho de seguir adelante. Es muy duro ver al padre enseñándole a su hijo cómo suicidarse, por amor, porque no quiere que le pase nada malo a lo único humano que queda en el mundo.
Toda la película se construye sobre los dos personajes protagonistas. Es muy inteligente por parte de Cormac McCarthy no poner nombre a sus personajes, porque es un símbolo más de que ya no son nadie. Viggo Mortensen hace una interpretación que sienta cátedra, siempre acompañado del debutante Kodi Smith-McPhee (el niño), que se convierte en un escudero de lujo a la vez que se consolida com gran promesa. Charlize Theron y el resto de secundarios aportan su granito de arena para coronar una película sobervia en todos los sentidos.
Gente como Roland Emmerich han conseguido convertir la idea del fin del mundo en una completa vanalidad, pero por suerte aún queda gente como John Hillcoat, el director de la película, que es capaz de sumergirse en lo más profundo de las emociones humanas y hacer cine de verdad.