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‘El Topo’, los hilos del mundo

Thomas Alfredson resuelve el reto del segundo largometraje convirtiendo la adaptación de El Topo (Tinker, Taylor, Soldier, Spy), de John Le Carré, en una completa obra maestra extraordinariamente precisa y compleja, teñida del manierismo estético de los años 70 incluso en la textura casi orgánica de la luz o del humo de los cigarrillos.

El Topo es una historia clásica de espías en su versión menos glamurosa, durante la Guerra Fría, cuando la batalla se disputaba en  despachos de sótanos sombríos.  George Smiley (Gary Oldman) aparca su jubilación para averiguar la identidad de un topo asentado en las cúpulas más altas del MI6, o El Circo, como ellos lo llaman. Ha sido esencial la participación de Le Carré en todo el proceso creativo porque el filme se centra en las motivaciones de los personajes, en las causas, en vez de hacerlo en la acción y las consecuencias. Por esto es una película muy densa y detallista, pero sobre todo con una dirección de actores milimetrada.

En este sentido, El Topo reúne el mejor reparto masculino probablemente desde Sin Perdón y Gary Oldman realiza la mejor interpretación de un actor principal desde Daniel Day-Lewis en Pozos de Ambición, aunque con un personaje completamente opuesto. George Smiley es un hombre gris en todos los sentidos (de aspecto, de actitud, de emociones), prácticamente neutro en gesto y expresión, que obliga al actor a lidiar con una extrema contención incluso cuando implosiona emocionalmente en los dos momentos clave de revelación de la película, la infidelidad de su mujer y el descubrimiento del topo, en los que los ojos de Smiley se transforman y su mirada habla por sí sola.

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Algo parecido hace Thomas Alfredson tras la cámara, confirmando que es un director sin afán de protagonismo cuyo virtuosismo se basa en hablar con imágenes sin parecer que lo haga, conduce la mirada con estilo y no le tiembla el pulso cuando tiene que cargar cada plano de información mayoritariamente subtextual.

La secuencia final del montaje paralelo es el mejor ejemplo de la densidad narrativa el realizador sueco, especialmente en el momento en que aparecen dos hombres, cada uno con una lágrima en su mejilla y cada una de una sustancia diferente. En este punto Alfredson dibuja un retablo de finales para cada personaje al son de “La Mer”, cerrando la película de la misma forma como la abría, resituando a Smiley, y recordando que en esto del buen cine lo que sobra son el ruido y las palabras.

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