Muchos de vosotros conoceréis a García Lorca y habréis leído alguno de sus poemas. También conoceréis al pintor Salvador Dalí y al director Luis Buñuel. Estos tres genios tuvieron la suerte de convivir durante un tiempo en la Residencia de Estudiantes de Madrid y, las anécdotas que se cuentan sobre ellos son más que numerosas.Lo que mucha gente no conoce es un juego que estos artistas tenían para pasar sus ratos libres. Se trata de los anaglifos, una composición literaria muy breve que no tiene sentido alguno. La inventó Pepín Bello, un compañero de la Residencia con una gran personalidad creativa que influyó mucho en la Generación del 27, aunque no llegó a publicar ningún libro.
Los anaglifos tienen cuatro versos, de los cuales los dos primeros son un sustantivo que se repite, el tercer verso siempre es «la gallina«, y el cuarto un sustantivo que sorprenda y no tenga nada que ver con los anteriores. ¿Complicado? Aquí va un ejemplo:
El té,
el té
la gallina
y el Teotocópulos.
Más tarde, García Lorca cambió la estructura y determinó que el último verso fuese una frase o expresión que tampoco tuviese sentido con lo anterior. Un anaglifo lorquiano que ha llegado hasta nuestros días es:
Guillermo de la Torre,
Guillermo de la Torre,
la gallina
y por ahí debe andar algún enjambre.
Aunque esta composición no llegó a trascender en la literatura española, es muy curioso saber cómo eran las fiestas que hacían los estudiantes que, tras los postres, daban rienda suelta a su imaginación dando lugar a cosas tan divertidas como esta.