‘X-Men: Primera Generación’, «mutante y orgullosa»

'X-Men: Primera Generación', "mutante y orgullosa" 7

Son buenos tiempos para las películas de superhéroes. Estamos superando esta etapa en que las adaptaciones cinematográficas de los cómics eran novedad y cualquier cosa valía para poner en pantalla tipos con trajes de cuero envueltos en efectos especiales. A día de hoy son muchos, la mayoría, los superhéroes que ya han dado sus primeros pasos por el celuloide. El cine de atracciones es la norma en vez de no la excepción, porque es lo que más atrae a las masas para acudir al cine y no a la descarga en internet, y la pomposidad visual es el pan de cada día.

Precisamente fue X-Men (Bryan Singer, 2000) la película que abrió una década en la que un séquito de superhéroes han dominado la taquilla mundial con mayor o menor fortuna en cuanto a la calidad de las producciones, muchas veces condicionadas por las urgencias y por una planificación poco ambiciosa a nivel argumental que no lograba alcanzar la profundidad de unos personajes que habían desarrollado una personalidad compleja después de tantos años y tantos números de cómic. Siguiendo con los X-Men, hay un recuerdo agridulce después del decepcionante cierre de la saga con X-Men: La Decisión Final (Brett Ratner, 2006) y la posterior y lamentable X-Men Orígenes: Lobezno (Gavin Hood, 2009), de modo que la franquicia de los mutantes necesitaba una urgente regeneración, su propio Batman Begins, si se quería seguir sacando rendimiento de ella.

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Era una misión difícil, pero Matthew Vaughn lo ha conseguido, ¡y de qué manera! X-Men: Primera Generación no es sólo la mejor película de la saga, es una redefinición íntegra de la mitología de X-Men, un material esencialmente nuevo que sin embargo vive del legado de los cómics de Marvel y de la saga de Bryan Singer, que esta vez se ha colocado en el plano de productor-ideólogo y se ha dado un homenaje empezando esta nueva aventura exactamente de la misma forma como empezó la suya propia: con Erik Lehnsherr (Magneto) de joven doblando una verja en un campo de concentración. Una secuencia para el recuerdo que tan solo es la primera de muchas, como la transformación de Bestia, el final de Sebastian Shaw (Kevin Bacon) o el ya imborrable levantamiento del submarino.

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X-Men: Primera Generación es a la vez una obra de cine político que hubiera firmado el mejor Oliver Stone y una película de espías de los 60 con tintes de ciencia-ficción, que se sitúa entre la precuela y la adaptación libre. A Matthew Vaughn no le tiembla el pulso manejando este mashup cinematográfico ni creando personajes completamente nuevos a partir de los que ya conocíamos. Incluso la selección poco glamorosa de mutantes resulta ventajosa para centrar todo el protagonismo en Charles Xavier/Profesor X (James McAvoy) y Erik Lehnsherr/Magneto (Michael Fassbender), los dos personajes que representan las dos posiciones ideológicas de las futuras generaciones mutantes. La relación ya conocida entre ambos no es el eje vertebrador de la película tal y como se esperaba, si no que más bien es traspasada un plano simbólico con la evolución de Mística (Jennifer Lawrence) en un ejercicio que ejemplifica el buen trabajo que se ha hecho con esta película y los excelentes resultados que se obtienen tomándose en serio este tipo de producciones.

X-Men: Primera Generación demuestra, una vez más, que un filme comercial no tiene porque ser una película menor. Es la reivindicación de un género que todavía no ha explorado todas sus posibilidades y que se resume en una frase de Mística abrazando su condición:  «mutante y orgullosa».

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