Ayer estuve en la tienda de artículos de segunda mano de mi pueblo, que cumple la función de reciclar los enseres que la gente ya no usa; es decir, les busca un nuevo dueño. Necesitaba una canasta o depósito para guardar mis chales y sombreros. Encontré un baúl de mimbre, laqueado con esmero, de buen ver, agarraderas de cobre que parecía antiguo y fino. Anoté las medidas en un papel, porque no estaba segura si iba a caber debajo del perchero que es donde pensaba colocarlo. El dependiente me dijo que lo reservaría hasta la hora de cierre, junto con unas revistas que me parecieron interesantes. Pedaleando a toda velocidad y mientras el viento peinaba mis cabellos, llegué a casa. Tomé las medidas del espacio donde iba a entrar el baúl, pero me pareció que iba a ser muy grande, iba a sobresalir demasiado. Entró una llamada telefónica y me quedé conversando con una amiga. Cuando quise regresar a la tienda por las revistas, me di cuenta que ya era más de la hora de cierre. Suspiré y me hice el propósito de regresar. Hoy día amaneció espléndido, con sol y clima más tibio. El aire susurraba entre las hojas, anunciando la primavera. En la tienda me dijeron que el baúl y las revistas ya habían pasado a mejores manos. Me quedé triste pensando en mi mala suerte. Subí a la segunda planta donde están los libros y me puse a revisar los estantes, a ver si encontraba algo que pudiera resarcir mi pérdida. Normalmente compro libros de la literatura holandesa o algunas novelas inglesas. Se me ocurrió mirar, en el pequeñísimo espacio, destinado a las obras en otros idiomas, con textos en latín, alemán e italiano, y encontré “L’Ombre du vent” (La Sombra del viento) de Carlos Ruiz Zafón, en francés. Lo puse en la canasta, me iba a servir para practicar mi francés. Estaba a punto de retirarme, cuando descubrí algo maravilloso, que hizo saltar mi corazón: un tomo grueso con el título Rimbaud, Obra Completa, edición bilingüe, en español y en francés. Jamás leí ningún libro de Raimbaud, y ésta iba a ser la oportunidad para hacerlo. También eché en la canasta un librito con una selección de poesías de autores destacados, dos tomos de Historia Social de la Literatura y del Arte, de Arnold Hauser, la novela Un hombre que se parecía a Orestes, de Alvaro Cunqueiro, premiada con el Nadal de 1968 y, por último, las Cartas a Louise Colet del maestro Gustave Flaubert—todos escritos en el idioma de Cervantes. La sangre se me subió a la cabeza, como si hubiera encontrado un fajo grueso de billetes entre los libros. Así de afortunada me sentía. Confieso que en los muchos años que visito este lugar, jamás he encontrado un libro en español. Me sentí tan contenta como la mujer que, hace poco, encontró en un establecimiento parecido a éste, una mesa de noche perteneciente al Palacio Soesdijk, conteniendo tarjetas de la Reina Juliana al Príncipe Bernard. Mientras hacía la cola para pagar los libros, se me ocurrió que mi subconsciente me hizo dejar las revistas el día anterior, para tener una oportunidad de regresar hoy día y encontrar un tesoro literario. Así pues, no hay mal que por bien no venga.