Un Don Juan Tenorio muy peculiar

Hace ya algunos años, en un teatro de Madrid, se llevó a cabo una representación  de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, que estuvo plagada de sorpresas. 

La obra llevaba ya varias semanas en cartel cuando uno de los actores, que hacía el    papel de un alguacil, dejó el teatro para irse a trabajar a otro sitio, de modo que uno de los    figurantes fue seleccionado para que hiciera su papel. El texto era corto y muy sencillo: el    alguacil entra en escena, casi al comienzo de la obra, y pregunta: “¿Sois vos Don Juan    Tenorio?”; Don Juan dice: “Yo soy”, y el alguacil exclama: “Sed preso”.

El figurante recién ascendido estaba muy nervioso el día de su estreno. Antes de salir a escena, no hacía más que repetir una y otra vez: “¿Sois vos Don Juan Tenorio?” “Sed preso” “¿Sois vos Don Juan Tenorio?” “Sed preso”. Y así continuamente. Al fin le llegó el turno. Dando tumbos, salió al escenario y con voz insegura preguntó: 

–         ¿Sois vos Don Juan Tenorio?

–         Yo soy

Y ahí el pobre novato se quedó en blanco. No recordaba qué le tocaba decir y decidió improvisar: 

–     ¡Documentación! 

El público estalló en carcajadas. Don Juan no sabía responder… al fin masculló algunas palabras, algo así como “por Dios os juro que soy Don Juan Tenorio” y viendo que el figurante no decía nada más, lo cogió por un brazo y se lo llevó de escena, gritando “¡está bien, os acompañaré a la prisión!”.

(No se supo nada más del figurante)

Pero ahí no acabaron los avatares de esta terrible función. Llega un momento en la obra en que Don Juan y Don Luís Mejía se baten en duelo. Al fin, el primero saca una pistola y mata al segundo de un tiro. Pero aquella noche aciaga… cuando Don Juan fue a echar mano de la pistola, ¡se dio cuenta de que no la llevaba! ¡se la había dejado en el camerino! ¿Cómo matar entonces a Don Luís? Sin pensarlo ni un segundo, le dio una patada en salva sea la parte, ahí, dónde más duele.

Don Luís le miró con gesto de sorpresa (que no de dolor; la patada fue simulada), y pensando que tal patada no era suficiente para convencer al público de su muerte, exclamó:

–         ¡La bota estaba envenenada! 

Y se murió. 

Nunca un público se había reído tanto con Don Juan Tenorio.

  • Ramon Ocampo

    ¡Una representación memorable! El mundo del cine o de la televisión (con perdón) jamás logrará alcanzar ese nivel de sincera improvisación.

    No sólo he disfrutado, Jesús, de tu columna sino que me has hecho recordar una representación a la que tuve el gusto de asistir.

    Se trata de “La muerte de García Lorca” presentado en el “Teatro Nacional” en Caracas en 1980 u 81. El montaje sublime (soy ahora incapaz de recordar el nombre de la compañía), con una escenografía minimalista me cautivó, se trataba de un recorrido intimo por las últimas horas de la vida del poeta, casi un monólogo que me tocaba en lo mas profundo de una manera demoledora. Total que fui a verlo cuatro veces, la última de ellas en una tormentosa noche tropical.

    Una de las escenas transcurría con el poeta sólo en mitad del escenario que iluminado por un spot prácticamente cenital rezaba a un Dios en el que no podía creer. En un momento dado levanta la voz y le exige una respuesta… el teatro quedaba en esos momentos sumido en el más profundo de los silencios ahogados por la tensión dramática del cuadro. Pero en este caso, apenas acababa de hablar el actor desde las tablas, el retumbar ronco y profundo de un largo trueno nos asaltó a traición. Finalizadas las últimas reverberaciones del fenómeno metereológico aún guardamos silencio uno o dos segundos más, hasta que como necesaria catarsis a la tensión acumulada saltamos todos a reír.

    En esa misma ocasión (no lo he dicho antes, pero me había rascado el bolsillo a base de bien y había conseguido las localidades del pasillo central en la segunda fila con lo que tenía una posición fabulosa), mas adelante el poeta descalzo y desnudo de cintura hacia arriba camina de lado a lado en su simulada celda. Desde la cama, de punta en blanco con sombrero, bastón y corbatín, le observa un García Lorca algunos años mas joven que no puede compartir (no la entiende) la desesperanza de su yo actual. El actor evoluciona sobre las tablas mientras fuma con furia un cigarrillo que en un momento dado arroja al suelo. Pocos en el teatro lo percibieron, pero en el mismo momento en el que estuve a punto de gritar para avisarle que estaba a punto de pisar la colilla aún humeante sentí como mi novia me clavaba las uñas en el brazo. El actor siguió o no sintió la quemadura o estaba tan imbuido de su “performance” que no pudo percibirla, siguió como si tal…

    Gracias Jesús por haber traído a mi esquiva memoria este retazo tan querido de mi pasado.

  • No es para menos, Jesús. Me he reido muchísimo con la anécdota…

  • Gracias. La verdad es que es un de las anécdotas literarias más cómicas que conozco.

  • Individuo

    ¿Lo de la bota envenenada no fue de Chespirito?