Hace ya varios días del estreno de Super 8 (podéis leer mi crítica aquí) y parece que almenos entre el público español no ha tenido la acogida entusiasta que se esperaba en un principio. La película ha gustado, efectivamente, aunque siempre hay un “pero” que colea por aquí o por allá: desde el clímax insípido hasta la actuación de los niños (aunque la única explicación que hay al respecto es que el doblaje es malísimo), pasando por una recriminación a J.J. Abrams de que Super 8 es más un refrito de mitos cinematográficos ochenteros que una obra personal. Mi objetivo con este artículo es poner Super 8 en el sitio que creo que debe estar y contar, desde mi punto de vista, porque es una película magnífica aunque no sea una obra maestra para la historia.

Hay una cosa cierta en todo esto: todavía no conocemos a J.J. Abrams. No después de Super 8. Había expectativas de ver como se desenvolvía el realizador con una película totalmente autoral, sin las imposturas del producto franquicia, y sin embargo no nos ha brindado ningún reflejo de su personalidad en el filme, limitándose a reafirmar su gusto por el misterio encuadrado en un marco realista en el centro siempre son los personajes. De todos modos, Super 8 requiere una visión más profunda y global de todos sus elementos porque la estructura narrativa de J.J. Abrams no es precisamente convencional y porque los temas importantes no son siempre los que parece que tienen que serlo.

Las películas tienen cuatro capas de significado esenciales, aunque no debe entenderse el film como una lasaña que va por pisos, sino como un entramado de hilos de diferentes capas que se van entrelazando para formar el tejido de la película. Dependiendo de la cinta, los objetivos comerciales y artísticos de ésta, el nivel de autoría y otros parámetros varios, hay capas que aparecen en primer plano más tiempo que otras, del mismo modo que puede que alguna de ellas ni siquiera coja ninguna relevancia al no tener un peso específico dentro de la historia. Estas cuatro capas son el significado referencial, pertinente a todo lo que atañe a la sinopsis; el significado explícito, centrado en el tema de la película; el significado implícito, que son ideas subjetivas de autor que el director va soltando por debajo (valores, actitudes, etc.) y el significado ideológico, que recoge todo lo perteneciente al estilo del autor y a la parte de sus vivencias personales que traslada a su obra.


Desde que empezó con Lost, Abrams siempre vende sus creaciones atrayendo la atención sobre la capa referencial, basada en el misterio derivado de un accidente y de una presencia paranormal: el accidente de avión en Lost y en Fringe, la caída de la Estatua de la Libertad en Monstruoso o el accidente de tren en Super 8. No obstante, a pesar del atractivo con el que Abrams construye el discurso entorno al enigma sobrenatural, las partes que subyacen con mayor fuerza en sus obras es la capa ideológica y la implícita, la que se focaliza en los personajes. El éxito de las películas y las series de Abrams se basa en la incomprensión entorno a los hechos paranormales que les ocurren a unos personajes que centran nuestra atención.

Fringe y Lost son los ejemplos más paradigmáticos de esta forma de trabajar. Fringe se presentaba como una nueva Expediente X y en cambio se ha convertido en un libreto de metafísica cristalizado en un relato de ciencia ficción y, por su parte, Lost es llevar al límite el concepto del final abierto, siendo su cierre una decepción a gran escala por su extremo conservadurismo a pesar de la innovación vanguardista en la idea del “viaje de los personajes”, con unos protagonistas que llegan a ser más importantes que la misma historia. Esto último puede sonar lógico dicho de este modo, pero es una idea anarrativa más característica de cineastas de culto  como Nicolas Roeg, David Lynch, Fassbinder o Alain Resnais y de producciones auteurs de distinta factura.

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Por esto, Super 8 es una trampa comercial concebida como un blockbuster veraniego pero ejecutada como una película de autor que camufla su personalidad detrás de la pirotecnia. La historia que se vende es la de un extraterrestre que se escapa tras un accidente de tren y que siembra el terror en un pequeño pueblo de la América costumbrista de los 80, aunque esta no es la historia que le interesa a J.J. Abrams y no es la que debería interesar al público durante el metraje.

Veamos Super 8 por capas. Abrams abre la película con un plano secuencia maravilloso, cargado de significado, y enmarcado en lo explícito, con un zoom lento y a cámara lenta de un cartel de una mina que nos dice que ha habido un accidente para posteriormente presentarnos las consecuencias del siniestro con una construcción narrativa casi bergmaniana en la que describe, en pocos segundos, el trauma de un niño, la consecuente familia desestructurada y la enemistad entre dos individuos por culpa de este suceso en concreto. Con esto introduce el tema de la película: la superación personal y el paso a la madurez a partir de la reconciliación con un pasado traumático que hay que dejar atrás; un tema universal recurrente a la hora de construir una historia en la que un niño debe superar sus miedos y rencores para alcanzar la madurez.

Lo imaginativo en Super 8, de todos modos, es que el siguiente paso no es introducir la capa referencial sino saltar directamente al plano ideológico, normalmente el más oculto y más sujeto a la interpretación posterior. El título del film ya es una pista en sí, de hecho. Lo que verdaderamente quiere contar Abrams, lo que hace que Super 8 sea su película más personal, es que utiliza todos los mecanismos del refrito y el homenaje de películas pasadas para introducir una experiencia personal suya y la de toda una generación de cineastas que vivieron su adolescencia en los 80.

Las cámaras de super 8, en el fondo, son máquinas del tiempo que nos ponen frente a retratos costumbristas de una época, ante situaciones cotidianas y paisajes que ahora serían irreconocibles. El encanto del componente amateur inherente al formato de 8 mm, lleno de imperfecciones y casi ausente de montaje, transmite una sensación de realidad pura, de vitalidad alejada de la frialdad de los formalismos cinematográficos. En las películas de super 8 hay gente saludando a cámara, riéndose, yendo en bicicleta, cenando y, en definitiva, viviendo sus vidas interactuando con una cámara que se dedicaba a gravar frescos de realidades concretas. En Super 8 buena parte del atractivo está en fijar la mirada en la gente normal, la que no entiende lo que ocurre a su alrededor y que se preocupa porque ha desaparecido su radio o su perro, no porque hay militares rodeando la localidad. Buena parte de las secuencias de la película están teñidas con el reflejo azulado de un proyector que lanza sus imágenes contra una pantalla, un recurso estético que Abrams utiliza para subrayar el componente cotidiano, físico y real de las verdades grabadas en este formato casero.

Precisamente la escena más tierna de la película es cuando Alice (Elle Fanning) y Joe (Joel Courtney) escenifican la reconciliación con el pasado y el perdón de dos familias traumatizadas por un mismo suceso con una serie de confesiones que tienen lugar ante una proyección de una película super 8 con la fallecida madre de Joe como protagonista. La composición de esta escena mantiene a los dos niños separados por el proyector que revela una realidad sobre una pared blanca del mismo modo que ambos protagonistas también proyectan, sobre la misma superficie (llamativo y significativo que no se miren a los ojos), sus sentimientos.

Otro ejemplo ilustrativo de las inquietudes que Abrams plasma en Super 8 son las escenas en casa de la familia de Charles (Riley Griffiths), inmersas en un bullicio familiar constante, tienen una intención narrativa implícita, ya que por un lado nos sitúan en un contexto dentro del hilo argumental, pero que por otra parte son escenas puramente figurales que construyen un puente sobre la super 8 y describen esta cámara como la máquina del tiempo que graba realidades y, además, como el instrumento esencial del joven inquieto por ser director de cine y hacer sus propias películas.

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En este punto es donde entra de lleno el plano ideológico y el eje vertebrador de la película: la figura del director amateur. Con una mano izquierda asombrosa y un manejo de los tiempos encomiable, Abrams convierte una película de aventuras y ciencia ficción en el diario de rodaje de un cortometraje amateur, trasladando a un plano mayor la aventura de rodar una película por cuenta propia, solo con esfuerzo, ilusión y voluntad. El desarrollo de las diferentes subtramas de la película se mueven entorno al rodaje de The Case, que verdaderamente es la preocupación única de los niños a pesar de que se han visto involucrados en un suceso extraordinario en el que no se inmiscuyen hasta que Alice es secuestrada por el monstruo.

A mi modo de ver este choque directo entre dos tramas (y dos capas) íntimamente relacionadas, que se retroalimentan, pero que en definitiva avanzan en paralelo es el único gran error de la película. El monstruo en Super 8 actúa como catalizador de todos los hechos, y como buen catalizador nunca debió mezclarse directamente hasta alcanzar un protagonismo explícito en la historia. Creo que todos hubiéramos estado satisfechos tan solo viendo como una criatura extraña construía una nave espacial y se iba del pueblo, llevándose el colgante que ata a  Joe con su pasado. Por esto creo que el clímax de la película es un error sintáctico de orden efectista (¿ha sido culpa tuya, Spielberg?) porque está más ligado al significado explícito, a pesar de haber tenido ya una resolución extraordinaria en la escena anteriormente comentada entre Alice y Joe (entonces ya entendemos que Joe es capaz de comprender y perdonar); y al referencial (la parte de menor interés de la película) que al ideológico, el nivel de significado con un peso más importante a lo largo de la película. Y, justamente por esto, el momento mágico de Super 8 llega cuando en los créditos vemos finalmente The Case acabado.

El pase del corto amateur realizado por los niños es un momento de cine excepcional porque supone una catarsis extraordinaria, ya que en el fondo toda la película y todas las peripecias no son más que un making off para esto. J.J. Abrams nos hace entender Super 8 como el viaje épico lleno de aventuras, anécdotas y enriquecimiento personal que es el rodaje de una película, y los que hayan trabajado en el rodaje de algún tipo lo entenderán mejor que nadie. La capa referencial es una artimaña para hacernos partícipes del trabajo que supone grabar una película y la sensación final, con sonrisa obligada, es la de liberación y satisfacción por el alcance de un objetivo ajeno como si fuera uno propio. Me gusta comparar el final de Super 8 con el de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), posiblemente uno de los más maravillosos de todos los tiempos, por la carga emocional que estalla en unos minutos finales que liberan la tensión acumulada (de diferente índole en ambas películas, evidentemente) a lo largo de toda la narración. The Case ES la película y es lo que justifica todo lo demás.

Decía al principio que a través de Super 8, a pesar de su alto grado de autoría por un film comercial, no conocemos a J.J. Abrams pero sí que es su trabajo en el que ha volcado más de sí mismo, como confeso admirador del tipo de cine que le llevó a amar el cine y como nostálgico cineasta que homenajea su pasado con orgullo subiéndose a la máquina del tiempo de una super 8 para maravillarnos a todos no con una película de ciencia ficción de alta factura, sino con un precioso y entrañable cortometraje amateur.