Atenerse a mis facultades para realizar una crítica literaria confiable resulta, sin duda, un desatino. Es evidente que si ejerciera esta capacidad con cierta virtud, debería cuestionarme, cada que me encuentro frente al ordenador: ¿qué diablos hago aquí?… no, no nos engañemos, no suelo hacerlo… En fin, tómese esta laxitud como una precaución que alerta sobre los posibles efectos adversos en la ingesta de esta receta…
Más allá de la vorágine que nos arroja a las fauces del consumo en estas fechas, mi espíritu optimista, entre lúdico e ingenuo, apela a la fallida memoria capaz de encubrir proyectos de redención malogrados durante el año. Así, nuevamente instalados en el fantástico intersticio que precede el comienzo del calendario; la contrición y el propósito de enmienda suponen un buen entorno para encausar almas descarriadas hacia el mundo de los libros. No obstante, se debe procurar no extralimitarse en este afán. Lo fundamental, para evitar malestares, es la precisión en el diagnóstico. Como es bien sabido, la apetencia por las letras pasa por ese que solamente reacciona al rústico antojo que produce la sopa con figuritas de pasta; por quien prefiere un volumen de colección para engalanar la biblioteca y, por aquel que practica la lectura con devoción oficiosa. Con certeza, quien representa mayor complejidad terapéutica es el último caso. Por tanto, vamos a enfocarnos en este.
Para efectos prácticos, recomendar un libro es tanto como sugerir la compañía íntima y nocturna que antecede el dormir. Asunto delicado pues. En ambos casos, pareja o lectura, se aconseja prudencia. Así, la sensatez me inclina a proponer a quien goza de reconocimiento y prestigio; aunque ello no garantice satisfacción… la impresión personal, en los campos erótico y estético, siempre resulta subjetiva.
“Desgracia”, novela escrita por J. M. Coetzee (premio Nobel de literatura 2003) pareciera reunir estas características. Sin pretender ahondar en la trama, la obra inicia cuando se descubre la relación íntima de David Lurie, profesor universitario con una de sus alumnas. Antes que disculparse, David renuncia a sus clases. Decepcionado, deja la cuidad para ir a vivir, con su hija Lucy, al campo sudafricano. Lejos de la gran urbe, los códigos morales y conductuales son menos sofisticados y el resentimiento racial (aún presente) se manifiesta con violencia. La inmersión de David en este nuevo mundo se sucede con infortunio…
Si bien la historia cursa entre la adversidad, me parece que en la obra de Coetzee subyace el mensaje que alerta (constantemente) sobre una desgracia mayor que cualquier acontecimiento narrado. La sumisión y avasallamiento de los personajes, ante la realidad contundente, reflejan tal desesperanza y claudicación, que solo podrían explicarse a través de un proceso tan brutal como quirúrgico, de exanimación.
Por momentos (a mi juicio), la fuerza y profundidad narrativa del sudafricano, nos conduce, de manera casi imperceptible y con liviandad mágica, por pasajes tridimensionales. Es decir, la voz que relata lo que sucede al exterior del personaje, aquella que invade la mente del mismo y, finalmente, la que hurga y se vuelca sobre sí, a través de la propia reflexión de la voz. Y bueno, más allá de esto y por si aún fuera poco, a lo largo de la novela es posible encontrar algunas ideas que, siguiendo en la analogía de la noctámbula comparsa, son placentera caricia. Insisto, en estas artes, la percepción del bien hacer es cuestión de gusto. Así, simplemente quisiera destacar algunas frases que por sí mismas (más allá del contexto de la obra) parecen insinuante convocatoria a la cavilación postrera:
(…) porque la belleza de una mujer no le pertenece solo a ella (…)
(…) nadie puede vivir en la imaginación, ¿cómo protegerla de la realidad?, entonces habrá que impulsar su coexistencia (…)
(…) a medida que los órganos sensoriales llegan al límite de su poder perceptivo van agrandándose, pero en el momento en que expiran, vuelven a encenderse como una vela para atisbar lo invisible (…)
(…) eres una presencia que respira (…)
(…) el que enseña aprende la lección más profunda, mientras que el que aprende, no aprende nada (…)
(…) la venganza es como el fuego. Mientras nos devora, más hambre tiene (…)
(…) el lenguaje a que se confía con tanto aplomo, es un lenguaje hastiado, que se desmenuza con facilidad, que está recorrido por dentro, como si lo hubieran atacado las termitas. Solo cabe fiarse de los monosílabos y tampoco de todos (…)
A pesar que lo dicho le pueda parecer sugerente, es menester advertir sobre la precaución en recomendar este texto. La desolación (aún en pequeñas dosis) no siempre es aconsejable en época decembrina, cuando los estados depresivos (según la estadística), se exacerban. Por tanto, debe cuidar de prescribir esta lectura a espíritus frágiles y medrosos. Quizá para esos casos, piense mejor en… mmm… Og Mandino…
José Gutiérrez Llama (México, 2007)
Título: Desgracia, Autor: J .M. Coetzee, Editorial: Grijalbo-Mondadori (257 págs).