En un contexto donde el uso de dispositivos digitales y redes sociales por parte de los adolescentes se encuentra bajo el escrutinio público, surgen interrogantes cruciales sobre su impacto en el bienestar juvenil. A medida que los datos sobre el deterioro de indicadores educativos y problemas de salud mental se hacen más evidentes, la discusión se centra en cómo debe abordarse la relación de los menores con la tecnología.
Uno de los aspectos más relevantes tras la reciente publicación de los resultados de PISA 2025 es cómo interpretar estos datos. En España, un 29% de los estudiantes reconoce que las herramientas digitales les resultan distractoras durante las clases, lo que subraya la complejidad del tema. Según la psicóloga Conchita Sisí, directora de la Clínica Salud en Mente, es fundamental no reducir el debate al simple dilema del «móvil sí» o «móvil no», sino más bien considerar cómo, cuánto y para qué utilizan las redes los adolescentes.
A menudo se perciben las redes sociales como un fenómeno negativo, pero Sisí argumenta que su uso no es homogéneo. Los jóvenes también las utilizan con fines educativos y de comunicación. La clave radica en la naturaleza de estos usos y en el contexto en el que se desenvuelven. No se puede generalizar sobre el impacto de las redes, ya que este varía significativamente de un individuo a otro.
Reconocer los riesgos asociados al uso de dispositivos no implica que las prohibiciones sean la solución más efectiva. La realidad es más compleja y se ve influenciada por numerosos factores como la frecuencia de uso, el tipo de contenido consumido y el entorno social y familiar. Por lo tanto, en lugar de optar por soluciones extremas, se propone un enfoque centrado en intervenir sobre los usos perjudiciales y educar a los menores para desarrollar una relación más saludable con la tecnología.
Para lograrlo, Sisí sugiere implementar una serie de medidas que incluyen la educación digital desde edades tempranas, un acompañamiento familiar adecuado, y la alfabetización mediática que permita a los jóvenes reconocer y gestionar adecuadamente su exposición a contenidos potencialmente dañinos. Además, se requiere una mayor responsabilidad por parte de las plataformas digitales en el diseño de sus productos para mitigar riesgos y proteger a los usuarios más jóvenes.
Por otro lado, los padres también deben asumir un papel activo en este proceso, ya que establecer límites en el uso de la tecnología puede ser una tarea desafiante. Sisí apunta que es más fácil para algunos padres delegar esta responsabilidad a las autoridades en lugar de abordar el tema de manera proactiva en casa, lo que podría no ser la solución más efectiva. Al final, la educación y el acompañamiento en el uso de la tecnología son esenciales para que los menores puedan utilizarla de manera segura y saludable en un mundo cada vez más digitalizado.


