No queremos a vuestros hijos

Algunas cosas que no deberían tocarse. Suele ser habitual que las secuelas de muchas películas jueguen la carta del linaje familiar para crear una subtrama de la película y dar un paso más en el desarrollo del personaje. A veces el recurso funciona, ya sea porque se establece un vínculo memorable de la pareja padre & hijo, pero dominan los casos en que el lazo familiar se resuelve en un coprotagonismo entre el héroe conocido, el que queremos ver, y un nuevo héroe que termina siendo una caricatura menor del personaje central o, en el peor de los casos, un lastre inarrastrable que acaba hundiendo lo que podría ser una buena película.

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Hay casos justificados por evolución argumental, como por ejemplo el protagonismo de John Connor en Terminator 2 (James Cameron, 1991), ya que supone la aparición física del verdadero protagonista de la saga. Sarah Connor también tiene un rol importante, pero sin duda mucho más secundario que en Terminator (James Cameron, 1984), donde era el objetivo a derribar. En parte, por este motivo y por el paso de Arnold Schwarzenegger al lado de los buenos, Terminator 2 es de estas secuelas que superan a la original, por mucho que la primera sea una cinta de culto.

No obstante, me atrevería a decir, y a ver si estáis de acuerdo conmigo, que el de John Connor y Terminator es un caso aislado, ya que normalmente la aparición del hijo del protagonista, no así el del padre del protagonista (en Austin Powers o La Búsqueda no funciona mal), se traduce en fiasco fílmico. ¿Cuántos no querríamos volver a ver juntos a Harrison Ford y a Sean Connery como Indiana & Henry Jones en una nueva aventura de Indy y, en cambio, no nos importaría que el personaje de Shia LaBoeuf como hijo de Indinana y Marion se quedara en un cajón? De todos modos no me parece este el caso más grave, ya que ambos personajes se complementan razonablemente bien durante la película, sobretodo teniendo en cuenta de que Indiana Jones ya tiene una edad.

El ejemplo más reciente de proporciones hecatómbicas que se me ocurre es el de Tron: Legacy (Joseph Kosinski, 2010), en el que Kevin Flynn (Jeff Bridges), protagonista de Tron (Steven Lisberger, 1982), pasa a ser un viejo medio imbécil y Tron un mercenario de poca monta metido en calzador, porque a alguien se le ocurrió que molaría rejuvenecer la historia otorgando el personaje principal al hijo de Flynn (interpretado por Garrett Hedlund) y el resultado lamentable ya lo conocemos todos.

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Si tiramos más atrás en el tiempo veremos que la tónica es la misma. La Momia (Stephen Sommers, 1999) encontró un estupendo trío protagonista formado por Rachel Weisz, John Hannah y Brendan Fraser, rostro de un personaje, no emblemático, pero sí magnífico para un filme de aventuras, Rick O’Connell. No obstante, en El Regreso de la Momia (Stephen Sommers, 2001) y La Momia: La Tumba del Emperador Dragón (Rob Cohen, 2008) es el hijo de O’Connell el que se cuelga los galones durante parte de la película, primero como mocoso travieso y después como adolescente arrogante.

Incluso un valor seguro como Cazafantasmas 2 (Ivan Reitman, 1989) fue estropeado porque Peter Benkman (Bill Murray), el más carismático del cuarteto protagonista, era padre de un bebé elegido por el fantasma con el objetivo de reencarnarse. Los chistes y las peripecias de los cazafantasmas vieron recortados sus minutos por una crisis matrimonial con niño de por medio, en lo que me parece un jardín innecesario teniendo en cuenta la buena mecánica de la primera parte, en la que ya había suficientes caracteres protagonistas con los que hacer malabares para una nueva trama.

Otro de los ejemplos más o menos recientes en los que el hijo le arruina la película al padre es el de Superman Returns (Bryan Singer, 2006). “El hijo se convierte en padre, y el padre se convierte en hijo”. ¿Qué mierda es esto? Meterle un hijo a Superman me parece una “freakada” sólo aceptable en cómics de segunda fila, pero utilizar esta baza en una película de previsible taquillazo es como tirarse un farol con una pareja de doses. ¿Por qué no le damos un hijo verdecito y fuertecito a Hulk, también? Ya puestos…no podría hundir mucho más la franquicia, aunque yo personalmente defiendo la primera parte (en la que precisamente, Bruce Banner se enfrentaba a su padre).

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En España también se ha metido la pata con los hijos, y no hay que rebuscar mucho. El blockbuster español por antonomasia, Torrente, también se ha metido en el fangal de la continuidad familiar y en Torrente 3: El Protector (Santiago Segura, 2005) aparecía un payasil Carlos Latre haciendo de hijo Torrente y estirando la broma hacia un terreno con demasiado tufillo casposo.

Para terminar, sólo mencionar un par de ejemplos en series, para subrayar que cagarla añadiendo un hijo no es sólo cosa del cine. Dragon Ball empieza a estropearse cuando empieza Dragon Ball Z y Son Gohan toma el relevo generacional. Aunque tiene potencial, no deja de ser un mocoso que necesita, al igual que la serie, que Son Goku aparezca siempre para sacarle las castañas del fuego. Todo hubiese valido la pena si la serie hubiera terminado con la muerte de Célula: Son Gohan es el guerrero más fuerte que termina con el peor villano en el combate más épico de todos, Goku muere y Vegeta acepta su papel secundario. Todos contentos. No obstante, Dragon Ball Z sigue y aparece Son Goten, otro hijo, que para la memoria lo único que ha dado es una sarta de chascarrillos especulando sobre su posible relación homosexual con Trunks, HIJO de Vegeta. Ah, y no olvidemos que la serie continúa con Dragon Ball GT y ahí aparece Pan, hija de Son Gohan, hija del hijo, y la serie se va irremediablemente a pique.

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La magnitud hiriente de la descendencia en la ficción incluso afecta a personajes secundarios, como por ejemplo el actor secundario Bob de Los Simpsons, que en las últimas temporadas ha emparejado su aparición a una esposa y a un hijo pequeño que sólo hace gracia cuando grita “vendetta” las tres primeras veces.

Tal y como está la cosa, y sin ánimo de resultar huraño, creo que me remitiré a estas voces pesimistas que suenan desde tiempos inmemoriales diciendo que “traer un hijo al mundo hoy en día es el peor de los pecados”. Al menos en la ficción, visto lo visto, es verdad.

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