No es Heavy Metal, es un reaggeton

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Iron Man 2 es el mejor ejemplo de que la prisa es mala consejera y que, cuando el dinero manda, la prisa apremia. Iron Man fue un bombazo, nadie esperaba que un superhéroe de segunda fila se situara al nivel mediático de Spiderman (Batman juega en otra liga) y claro, cuando la clavas tanto a la primera, venga a correr para aprovechar el tirón con una segunda.

Y Iron Man 2 no dejaría de ser un entretenimiento entre digno y regular, si no fuera porque existe la «maldita» primera parte y su alargada sombra. Al igual que ha pasado con Hellboy o Piratas del Caribe, la secuela es un paso atrás considerable para la franquicia, un paso que conlleva el riesgo de cabrear al espectador medianamente exigente.

En Iron Man 2 es  sorprendente la desaparición de frescura y la falta de sorpresiva improvisación que emanaban de los personajes. El ingenio y las réplicas son burdamente sustituidas por diálogos solapados, gente que tartamudea y un Tony Stark (Robert Downey Jr.) asomando al abismo de la mediocridad con serias opciones de caerse.

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De hecho, uno de los problemas de esta segunda parte es el excesivo elenco de secundarios. Mickey Rourke es necesario, porque es el villano más raro que he visto en mi vida y porque hace falta un malo a la altura del protagonista. Don Cheadle y Gwyneth Paltrow entienden su función de apoyo y juegan bien sus minutos, sumando siempre al conjunto.

Los que fallan son el resto, Sam Rockwell para empezar no es actor cómico, y al no serlo convierte su personaje en un payaso, en un Tony Stark versión patética. Tampoco hace falta fichar a Scarlett para que diga «recibido» o «voy a entrar», puede hacerlo otra o puede no hacerlo nadie, que sería lo conveniente. Y por último está Samuel L.Jackson como Nick Fury, el personaje que ha colado Marvel para promocionar Los Vengadores de forma vergonzosa y vil, restando minutos de metraje sin razón alguna.

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Sumando todos los minutos que justifican el sueldo de las estrellitas y el horrible guión, sale lo que sale, una película abyecta que sólo se salva por las DOS ÚNICAS secuencias de acción (separadas por hora y cuarto, sea dicho), un par de escenas buenas de Robert Downey Jr. y por el buen hacer de Jon Favreau, que de forma increible se las apaña para que la película no se le desmorone en las manos con tanta pieza por encajar, aunque nada de esto evita que la sensación imperante sea la de total y absoluta decepción.

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