Natali juega con la ética y la moral

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Vincenzo Natali es un tío muy amarrado al género fantástico, al que le ha dado grandes cosas y ha recibido grandes elogios en petit comité, sin llegar a convertirse en un fenómeno masivo ni moverse entre la trampa mortal que es el gran público ha dejado grandes perlas como la interesante y poco reconocida Cypher o la imprescindible obra de culto, Cube, siendo Splice su película con mayor distribución y, a su vez, su peor trabajo (que no malo) hasta la fecha.

En Splice se plantea la creación de una nueva forma de vida concebida para desarrollar medicamentos para curar enfermedades incurables a través de la ingenieria genética. Al frente de este proyecto están Elsa (Sarah Polley) y Clive (Adrien Brody), que un buen día deciden jugar a ser Dios y crear un híbrido entre esta nueva forma de vida y un humano, a ver que sale.

Y, de hecho, Splice es una película que por encima de todo trata de eso, de la toma de decisiones y consecuencias llevadas hasta el límite. Trata de ir más allá de la ética concebida y experimentar con la vida existente y con las creencias de uno mismo, pues una pareja que no quería tener hijos se encuentra criando el nuevo organismo, al que llaman DREN, como si fuera su propia hija. Como si fuera humana.

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A partir de ahí entran en juego las perspectivas de cada uno y los límites que están dispuestos a atravesar por sus convicciones, creando un embrollo aberrante pero muy próximo, un drama familiar con momentos sobrecogedores y, sobretodo, muy humano y profundamente real.

De hecho, la grandeza de Splice reside en la proximidad de sus personajes, todos ellos identificables y perfectamente creíbles (incluso, sobretodo, DREN); muy bien amparados por un sólido guión que apuesta más por la coherencia que por la sorpresa, algo que no gustará a quien espere una apuesta más arriesgada de un director que podría hacerla.

La verdad es que uno echa en falta que Natali acabe de volverse loco y que Splice alcance un clímax de no retorno al que no llega ni por asomo, pues el final cae en el peor de los convencionalismos y empaña una película muy correcta pero demasiado mediocre ante lo que se podía esperar.

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