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Muerte de un ciclista o una Filosofía de la Sospecha

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Por la misma época en que se produjo esta película, mencionaba Borges en uno de sus abigarrados ensayos al poeta inglés Shelley; el amigo de Byron, el romántico anarquista que feneció en las aguas de un lago suizo. Opinaba el poeta, y de esto era de lo que se hacía eco Borges, que todos los poemas  del mundo, los que fueron, que son y que serán, constituyen partes, o lances, de un único poema sin principio ni fin.

Si se nos permite tomar prestada la idea, y trasladarla al ámbito cosmográfico del celuloide, podríamos apuntar que todas las películas rodadas, en proceso de rodarse y aquellas que lo serán en el futuro, parte forman de un solo filme cuya temática es la misma; a saber: la condición humana, o bien, la soledad del hombre frente a si mismo, frente a su conciencia.

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Juan Fernández Soler (Alberto Closas en el papel que le daría a conocer al público español) es un profesor de universidad -que le debe el puesto a su cuñado- excombatiente del bando nacional durante la Guerra Civil española; amante de una mujer casada que pertenece a la alta sociedad, el cual, debido a un hecho fortuito -el atropello y posterior muerte de un ciclista- ve su mundo destruirse, empezando a cuestionarse la moralidad de sus actos y, por extensión, la integridad y el sentido de su vida hasta ese momento.

Resulta sorprendente que un argumento como éste prosperara en pleno franquismo hasta el punto de lograr el premio de la Crítica Internacional en el festival de Cannes. Máxime, cuando hubo de sufrir dos censuras: la franquista -cuatro censores- y la italiana (al tratarse de una coproducción). Por cierto que la censura española solamente parecía ver problemas en el adulterio y estaba empeñada en que al final el protagonista se arrepintiera de su pecado.  Lo que no vio, o no quiso ver, fue la denuncia social implícita en esos impagables planos en los que Juan se interesa por la familia del extinto ciclista, y visita el barrio pobre de Madrid, sin asfaltar siquiera, donde residía. Aunque sí que se ve su mano, la de la censura, en las escenas de la protesta estudiantil en la universidad, muy descafeinadas… No por casualidad, en estos años irrumpe la poesía social de Gabriel Celaya y Blas de Otero.

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Pudiera parecer que pese a la ideología de izquierdas de Juan Antonio Bardem (evidente el la película) quien tuvo problemas con la justicia de la época, en parte debidos a este film, es en realidad, el propio régimen, al tolerar un argumento de tal naturaleza y permitir que fuera proyectada en Cannes, es decir, Europa, quien por vez primera se cuestiona a si mismo (Juan, el protagonista, así lo hace cuando recuerda su participación en el bando de Franco en la guerra). No olvidemos que en 1953 se acaba de firmar un pacto con EE.UU. y que en el año de producción del film, 1955, España ingresa en la ONU. Además, son estos años de tímidas pero necesarias reformas económicas que dan el carpetazo definitivo al modelo autárquico.

Por supuesto, al margen de la necesaria dependencia al contexto histórico y político en que fue rodada, el largometraje se sigue viendo con gran placer porque se trata de un magnífico film. Con una buena fotografía en blanco y negro, y una meritoria interpretación de Alberto Closas, una guapa y elegante Lucía Bosé y unos secundarios más que dignos (me encanta el personaje del crítico de arte que encarna Carlos Casaravilla) puede verse como una sinfonía visual bien organizada para satisfacción de cualquier cinéfilo.

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