Mi naranja mecánica

Mi naranja mecánica 3

Hace una semana me dio por dar un paseo por mi pueblo y acabé entrando en un videoclub. Iba acompañado, y, mi peripatética compañera, quiso que le ayudase a elegir una película para ver. Entre muchas y muy buenas -bueno y otras no tan buenas- nos topamos con el clásico de Kubrick y le pregunté: ¿la has visto?. Y me dijo que no, que nunca se había atrevido. Entonces le dije: ¿te gusta el cine verdad? pues entonces, ésta, hay que verla…

Yo debo ser de esos pocos raros que han leído la novela de Anthony Burguess, es más, de esos (todavía más raros) que han leído previamente el libro antes de ver el film. Debía de tener unos 17 o 18 años, calculo, cuando, en lugar de sacar en préstamo de la biblioteca de mi barrio en Madrid, manuales de micro y macroeconomía, me llevaba a casa novelas de todo tipo, y por alguna razón que todavía desconozco, y sin ninguna referencia de nadie, me la llevé.

La cuestión es que me fascinó tanto la historia,  me revolvió tanto las entrañas rebeldes, que llegué a sentir una simpatía total por el personaje de Alex Delarge, pese a tratarse de un tipejo, en principio, despreciable. Cuando terminé el libro, allá por inicios de los años ochenta, anduve como loco por ver la película de Kubrick, sin embargo, ya no estaba en cines creo recordar, y no pude verla hasta algunos años después en una vieja cinta de vhs alquilada en un videoclub. Tan trillada estaba, que no había manera de ver la secuencia en que Alex y sus compinches desnudan y comienzan a violar a la mujer del escritor; quizás porque el furibundo erotismo de la escena hizo repetir la escena a más de uno, más de una vez… Por cierto, que más de veinte años después, el dvd volvía a verse pixelado en el mismo sitio… ejem… sin comentarios.

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Si la novela era muy, como decirlo «sensorial» con continuas referencias a la música clásica (qué gran logro el de Burguess, músico también, hacer del delincuente un dandy, una especie de degenerado  Lord Byron futurista pirrado por Beethoven) el film no se quedaba a la zaga, derrochando audacia visual y sonora; creándome las mismas sensaciones encontradas que el libro, esa extraña mezcla de odio y simpatía hacia el personaje protagonista. Me impactó, por ejemplo, ese momento irreal, casi onírico, que nos muestra el director a cámara lenta, cuando Alex se ensaña violentamente con sus compañeros y les ataca a ritmo de una radiante y jubilosa overtura de Rossini. O cuando el joven maleante, arrodillado, no es capaz de tocar un pelo de una atractiva mujer desnuda y se queda inmóvil ante sus pechos, paralizado bajo una luz anaranjada, mística y casi cenital.

A pesar del derroche de violencia de la primera parte del film, verdaderamente sin tregua, y a un argumento que parece diseñado y guionizado por el astuto Kubrick para el lucimiento del actor protagonista (Malcom McDowell), la intención del católico Anthony Burguess no era la de mostrarnos, advertirnos, sobre un futuro vehemente e incontrolable, sino la de exponer sus conceptos teológicos sobre la obligatoriedad del hombre de tener que elegir entre el bien y el mal, y lo imposible de cualquier creencia en la predestinación o la inutilidad de cualquier determinismo moral filosófico.

Propósitos de los autores aparte, este segundo visionado (tantos años después) de esta película, me ha permitido encariñarme con un personaje secundario: el guardián de la prisión (Michael Bates). Es evidente la voluntad del director de ridiculizar al arquetipo de funcionario ejemplar, capaz de hacer su trabajo impecable y obediente, sin jamás cuestionarse ni lo que hace, ni la autoridad de quien le exige su labor.

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Creo que dentro de otros veinte años, volveré a verla… espero que no haya envejecido, ahora no lo ha hecho apenas. Ya os contaré.