Menciones de honor del Certamen «No más turrón, por favor»

Os dejo los textos de los textos a los que el jurado del certamen concedió una «Mención de honor». Esperamos que los disfrutéis:

Son:

Cumbre Navideña, de María del Carmen Guzmán

Una confesión en Nochebuena, de Rubén Martín

Rey robot, de Claudio Amodeo

Una Nochevieja de muerte, de Toñi Sánchez Verdejo

Duelo a muerte en el portal de Belén, de José Ramírez

MENCIÓN DE HONOR

Cumbre Navideña, de María del Carmen Guzmán

Santa Claus de U.S.A., Papá Noel de Francia, los Reyes Magos de España, San Nicolás de Suecia, la Bruja Befana de Italia, y otros representantes navideños de diferentes países decidieron celebrar una cumbre. Después de un largo debate, discusiones, propuestas y enmiendas, llegaron a un acuerdo.

Pero al final, los de siempre se quedaron sin juguetes.

Una confesión en Nochebuena, de Rubén Martín

Lo anunció en los turrones de la cena. Maite, violentada, bajó la mirada al escuchar el discurso atropellado de su marido.

Ella hacía años que lo intuía. En un silencio de estómagos anudados, barquillos y almendras ocuparon los nerviosos de los presentes. Compulsivos, entrando con desgana.

Desencajados, sus tíos interpretaron el último brindis antes de irse, improvisando la excusa de la hora para las personas mayores. Rebufando indignado, el padre de Jaime se hundió en el sillón frente a una gala del televisor. Turbadas, Maite y su suegra se
buscaron en el fregadero de la cocina.

Sentado a solas junto a las sillas corridas de la mesa de Nochebuena, Jaime aseveró para sus adentros: «Tenía que contarlo. Es lo que soy».

Pulsa en el enlace para leer el resto de los cuentos:

Rey robot, de Claudio Amodeo

Seguimos el rastro marcado por InteliSat y arribamos al desarmadero como estaba previsto, para la medianoche del 24. La oscuridad reinaba y debimos mantener una alerta constante.
Un chillido agudo y débil, como el de una bestia malherida, nos orientó. El monstruo estaba cerca.
Avanzamos, sigilosos, hasta alcanzar una herrumbrosa sala de máquinas. Allí dentro, las sombras nos jugaron bromas macabras, pero no desistimos. Rodeamos un gigantesco rotor dormido y hallamos a los dos androides fugitivos temblando de miedo.
Wizatron había acertado: era la noche del alumbramiento.
Intentaron ocultar al engendro, pero la falta de parte de sus cerebros electrónicos los delataba: con ellos habían realizado la fusión, habían dado vida al monstruo; a aquel que, según Wizatron, sería el rey de los androides, el nuevo Mesías, un dios encarnado que liberaría a su pueblo y subyugaría a la humanidad.
Apunté mi fusil y disparé sin vacilar.

Una Nochevieja de muerte, de Toñi Sánchez Verdejo

Un 31 de diciembre a la muerte se le ocurrió tomarse el día de descanso. Pero como su trabajo tenía que hacerse de todos modos, se planteó delegar su tarea en alguna muerte auxiliar, así que llamó a la que se ocupaba de la extinción de los animales, muerte que hasta la fecha había cumplido muy bien su cometido.

La muerte auxiliar estaba nerviosa ante la responsabilidad que se le venía encima, pero contenta por haber sido convocada para tal fin.
– De matar, no tengo nada que explicarte –le dijo la muerte titular- así que tienes que ir a tal país que está en guerra y acabar con unas veinte o treinta mil vidas. Por lo demás, no te preocupes. Confío en que sabrás hacerlo bien. ¿Tienes alguna duda?
La muerte pequeña era bastante ignorante y tenía todas las dudas, pero se limitó a callar, no sea que la tomaran por tonta. Si se hubiera atrevido, habría preguntado qué era “guerra” y dónde estaba aquel país. Pero lo que hizo, sin preguntar ni mirar mapas, fue coger su guadaña y dirigirse a la Tierra.

Y empezó a deambular de un sitio a otro por todo el mundo hasta que llegó a la península Ibérica, lugar que conocía de sobra por sus incursiones en pos del lince; más concretamente llegó a la Puerta del Sol de Madrid, que a las 11 y pico de la noche hervía de gente. Decidió que aquella aglomeración comportándose de tan extraña manera correspondía a su imagen mental de “guerra”, así que dio por terminada su búsqueda.

Como estaba cansada y era muy descuidada, se materializó entre la marabunta en su traje típico, sudario y guadaña, tan medieval y antigua como era ella. De quienes se cruzaba con ella, recibía piropos audaces y sonrisas, pues estaba tan propia con su sudario negro cubriendo el esqueleto, que a fuerza de auténtica la tomaron por falsa. Y hubo quien le ofreció unos tragos de cava que la muerte aceptó sin remilgos, bebiendo a morro de la botella. Y trago a trago, risa a risa, la muerte novata se embriagó de tal manera que, a las 12, cuando empezó la algarabía de las uvas, la pobre estaba agarrada a un semáforo para no caer. Pero entre los petardos y los gritos recuperó pronto el ánimo; pensó que la guerra empezaba y que era el momento de su trabajo. Pues así hizo, primero torpemente, después más segura, empezó a segar vidas, todas cuantas encontraba a su paso. Y cuanto más lo hacía mejor se le daba, ya que es con la práctica se logra la maestría y esta muerte no era manca, ni torpe, así que en un momento acabó con todo el personal de la Puerta del Sol, dejando a los televidentes atónitos, pues lo que allí sucedía lo estaba viendo en directo toda España. Y hubo muchos que pensaron que era un montaje, quizás el mensaje subliminal de ciertos políticos de la oposición que ya empezaban a hacer campaña, pero lo cierto es que en la Puerta del Sol de Madrid en menos de media hora no quedó nadie con vida.

Mientras tanto, ajena a todo aquel desastre, la otra muerte pensaba, saboreando su día libre, que si la experiencia de delegar tareas le salía bien y quedaba satisfecha, podía poner una escuela de muertes y tomarse unas largas vacaciones por primera vez en su muerte.

Duelo a muerte en el portal de Belén, de José Ramírez

Gaspar y Melchor se desplazaban con cautela entre las silenciosas tiendas y los apagados escaparates del inmenso centro comercial. Eran las dos y diez de la mañana y los dos hombres mostraban un rostro ceñudo y profundamente concentrado. Gaspar llevaba una Smith&Wesson semiautomática, con una capacidad para ocho balas de 9mm, con un alcance efectivo de 50 metros. Melchor portaba, una en cada mano, dos Walter P–22 Target de cañón extra largo de 127mm, calibre .45 y cargador con capacidad para diez tiros. Quería estar seguro de tener suficiente munición para acabar con su enemigo.
– Según los últimos informes, el gordo rojo vendrá aquí esta noche para hacer un muestreo de las últimas tendencias en juguetes y regalos. Estará solo, y como lleva el trineo vacío, sólo traerá a esa mala bestia de Rudolf con él. Baltasar se encargará del maldito reno –dijo Melchor en voz baja.
– Espero que los informes sean fiables –respondió Gaspar.
– Lo son, tenlo por seguro. Nuestra fuente ya nos ha demostrado otras veces su fiabilidad. Además, ya sabemos de años anteriores que unos días antes de Navidad el gordo visita los grandes centros comerciales en varias ciudades importantes. El muy cabrón siempre ha estado un paso por delante de nosotros en cuanto a estrategias de marketing. Más de la mitad de su ejército de aborrecibles duendecillos se dedican exclusivamente a hacer estudios de mercado y proyecciones de ventas. Ese es uno de los factores que han hecho que, en los últimos cincuenta años, hayamos perdido terreno frente a él de una manera constante. Cada vez son más las personas, sobre todo los niños, que les piden sus regalos a Santa Claus, y no a los Tres Reyes Mayos. Pero eso se acabó, este año va a ser el último que el rojo panzón nos hace la puñeta. Vamos a acabar con él de una vez por todas. Nuestra espía nos pasó la información hace dos días. Esta noche el gordo vendrá aquí y nosotros le estaremos esperando –dijo Melchor con una cruel sonrisa en el semblante.
Los dos magos doblaron con cautela la esquina de uno de los pasillos del enorme edificio comercial.
– ¿No nos encontraremos a alguno de los guardias de seguridad? –preguntó Gaspar.
– No te preocupes. Aquí no hay guardias durante la noche. La seguridad la controlan a través del circuito interno de cámaras de televisión.
– Entonces podrán vernos.
– Si, por supuesto. Pero trata de explicarle a la policía que has visto a los Tres Reyes Magos, armados con pistolas, asaltando de madrugada un centro comercial –replicó Melchor con sorna.
Gaspar le devolvió una sonrisa de complicidad.
Caminaron despacio por la tercera planta del edificio, donde se encontraban la mayoría de las jugueterías y tiendas de artículos infantiles.
– Ese cabrón debería de andar por aquí –comentó Melchor–. A fin de cuentas esta es la sección que más le interesa. Espero que no…
El tableteo de una ametralladora retumbó en el silencio de las galerías. Los escaparates detrás de Melchor y Gaspar estallaron en miles de fragmentos de cristal que cayeron al suelo con una extraña musicalidad.
– ¡A cubierto! –gritó Melchor–. ¡Corre!
Melchor levantó la mano y disparó tres rápidos disparos sobre el escaparate de una tienda de ropa y accesorios para embarazadas. El cristal se hizo añicos. Los dos magos se lanzaron al interior de la tienda y se parapetaron detrás del mostrador.
– ¡El maldito tiene un subfusil ametralladora! –exclamó Melchor con rabia–. Por poco nos deja fritos el hijo de mala madre. ¿Te das cuenta Gaspar? El gordo va armado y nos ha sorprendido. Eso quiere decir que nos estaba esperando. ¿Cómo es posible que haya sabido…? –Melchor miró a su compañero–. ¡Oh Dios mío, Gaspar! ¡Gaspar!
El fornido rey blanco estaba tendido en el suelo, la cabeza apoyada contra el mostrador de la tienda. Una mueca de dolor desfiguraba su rostro y respiraba con dificultad. Se agarraba el pecho con una mano crispada. Gruesos hilos de sangre caliente se escapaban entre sus dedos.
Melchor se dio cuenta que su compañero tenía varios impactos de bala. Además de la herida en el pecho, Gaspar sangraba por el hombro, la cadera y el muslo. Su cara tenía un ceniciento color pálido.
– Me… me ha alcanzado Melchor –dijo Gaspar con esfuerzo. Tosió con violencia y una bocanada de sangre oscura manchó su siempre impoluta y radiante barba blanca.
El horror se dibujó en la cara de Melchor.
– No te preocupes Gaspar. No es tan malo como parece –dijo el pequeño rey mago de tez cetrina sin demasiada convicción–. Sólo tienes que aguantar un poco. Acabaré con ese gordo hijo de puta en un minuto y te llevaré enseguida a un hospital. En unos días estarás como nuevo.
– Me parece que estas Navidades no voy a poder ayudaros con el reparto de regalos –la voz de Gaspar era apenas un susurro.
– No digas tonterías Gaspar. Aguanta hombre. Saldremos de esta.
Gaspar intentó hablar de nuevo, pero ningún sonido salió de su garganta. Emitió un último estertor y dejó de respirar. Su cuerpo se relajó y su cabeza cayó desmayadamente sobre su pecho.
Melchor se quedó durante unos minutos en silencio, de rodillas junto al cuerpo de su compañero. Gruesos lagrimones rodaron por su moreno semblante.
Apretó los dientes con fuerza y agarró sus armas.
Una risa estridente y profunda resonó en las amplias galerías del centro comercial.
– ¿Qué os ha parecido la sorpresa, reyezuelos? Apuesto a que no os esperabais esto – gritó Santa Claus desde el fondo del pasillo.
Melchor salió de la tienda andando muy despacio. Su rostro era una máscara de hierro. El odio y la determinación brillaban en sus pupilas. Se plantó en medio del pasillo, las piernas ligeramente abiertas, los brazos a lo largo del cuerpo con las enormes pistolas en la mano.
– Sal y da la cara si te abreves, gordo del demonio –retó Melchor.
El eco de las pisadas retumbó como zambombazos en los oídos de Melchor. Papá Noel se paró al otro lado del pasillo, desafiante; una cínica sonrisa deformaba su oronda cara. Llevaba su traje habitual, rojo y blanco. La blanca borla de su gorro resultaba incongruente con el moderno fusil Kalashnikov AK–47, calibre 7.62mm y cadencia de disparo de 600/minuto, que portaba cruzado sobre el pecho.
– ¿Dónde está tu amiguito Gaspar? –preguntó.
– Ha muerto –espetó Melchor.
– Vaya. Cuanto lo siento. Bueno. La verdad es que no lo siento en absoluto. De hecho, esa era mi intención cuando disparé –rió el de rojo.
– ¿Cómo sabias que veníamos? –preguntó Melchor con amargura.
– La puta que colocasteis entre mi gente no trabajaba para vosotros. Trabajaba para mí. Era un agente doble. Me informó con todo detalle acerca de vuestros planes para esta noche. Al principio pensé simplemente en no aparecer, o irme a otro centro comercial. Pero luego decidí que era mejor esperaros y prepararos una sorpresita. La verdad es que estoy cansado de esta estúpida competencia que mantenemos desde hace siglos. Me pareció una buena oportunidad de acabar de una vez por todas con esta enojosa situación.
– Maldito cabrón.
– Vamos, vamos, Melchor. ¿Dónde está tu profesionalidad? Sois vosotros los que habéis tratado de matarme. Y la verdad, me parece patético. Estáis acabados. Habéis ido perdiendo terreno sin parar en los últimos años. Vuestro final es irremediable. Lo de esta noche sólo es un desesperado intento que confirma vuestro fracaso. Las Navidades son mías, cada año más. Pronto los Tres Reyes Magos sólo serán un borroso recuerdo– señaló Santa Claus con orgullo y desprecio.
– ¡Nosotros llegamos primero! Durante siglos hemos sido el símbolo de la Navidad en la mayor parte del mundo civilizado –chilló Melchor.
– ¡Pero no habéis sabido manteneros en la cima! – replicó Santa con rabia – Podíamos haberlo hecho juntos; podíamos habernos ayudado. Pero no, erais demasiado egoístas, queríais la gloria para vosotros solos. Ahora yo soy el símbolo de la Navidad.
Los dos hombres se miraron el uno al otro con odio durante lo que pareció una eternidad pero que no debió de ser más de unos segundos. El silencio se cristalizó entre ellos en el pasillo del centro comercial.
– ¿Dónde está Baltasar? – preguntó al fin Melchor.
– Mi querido Rudolf lo estaba esperando en la azotea del centro comercial. Rudolf es una excelente mascota, ¿sabes? Tiene capacidades que no te puedes imaginar. A estas alturas, el jodido negro estará haciéndole compañía al bueno de Gaspar.
Melchor lanzó un alarido de rabia, levantó los brazos, apuntando con sus armas al hombre de rojo, y se lanzó en una frenética carrera hacia su enemigo, sin dejar de disparar ni de gritar. Santa Claus levantó la ametralladora, afianzó los pies en el suelo y sin tan siquiera pestañear apretó el gatillo.
Los 7.62mm del Kalashnikov hicieron bailar en el aire el pequeño cuerpo de Melchor. Varios de los proyectiles afectaron casi simultáneamente a diversos órganos vitales, causándoles daños irreversibles. Antes de caer al suelo, el rey mago estaba muerto.
Una de las balas calibre .45 de la Walter de Melchor impactó en el cuello de Santa, pulverizó su nuez de Adán, le desgarró la laringe y destrozó la cuarta y quinta vértebras cervicales al salir por el cogote.
El gordo se llevó la mano al cuello. Copiosos borbotones de sangre manaban sin cesar de la horrible herida. Intentó respirar, pero sólo consiguió que más sangre manara de su boca. Comprendió que era el final. Cayó con pesadez al suelo, estrellando la cabeza sobre las pulidas baldosas del pasillo. Al cabo de un minuto dejó de moverse.
A la mañana siguiente la luz del ascensor se encendió en el tercer piso. La puerta se abrió y del cuadrangular espacio salió una mujer vestida con un mono azul pálido empujando un carrito que portaba diversos utensilios de limpieza. Se quedó un momento parada, lo ojos abiertos como platos ante el espectáculo que se ofrecía ante ella.

-Malditos vándalos, ya han vuelto a asaltar el centro comercial durante la noche- refunfuñó para su coleto, a ver quien coño limpia ahora todo esto.

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