‘Men in Black 3’, un gato de tres pies

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“No hagas preguntas cuyas respuestas no quieres saber” – Agente K

La serie Padre de Familia le ha hecho mucho bien al humor norteamericano y no sólo por la sana agresividad que atesora (que para esto ya estaban Los Simpsons y, en mayor medida, South Park), sino porque supone un revulsivo en la construcción de los gags y en la forma en cómo se integran en la historia o, mejor dicho, en cómo la desintegran hasta convertir la trama en un mero esqueleto que sostiene un conglomerado paréntesis humorísticos (algunos de ellos especialmente largos) sin relación ni sentido argumental.

Justamente a este juego de dilatación del tiempo a través del humor es al que han decidido jugar Barry Sonnenfeld (director) y Etan Cohen (guionista), quiénes han encontrado en los saltos temporales el artefacto idóneo para revivir una saga herida de muerte tras una segunda entrega que de tanto remezclar la fórmula original terminó por estallarnos a todos en las narices. Por esto, lo peor de Men in Black 3 es que acusa el proceso de recuperación de la dignidad perdida, pero al menos lo hace irguiéndose como una buena comedia de situación con reminiscencias televisivas en la que el sketch aislado prepondera sobre el relato global y que funciona gracias a un humor mainstream, sí, grueso, sí, pero mucho más agudo que el de sus predecesoras.

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Evidentemente recurrir a la gracieta como alma máter no implica una reformulación. Ni siquiera se detecta atisbo alguno de intención por intentarlo, al contrario, ya que los primeros minutos de película inducen a un inquietante déja vu que afortunadamente se reduce a un repaso efímero por algunos elementos y situaciones marca de la casa, a modo de auto homenaje, que sirven de preludio para un enfoque tardío: hilvanar la trama principal entorno a los personajes humanos. A grosso modo la saga MIB gira entorno a los esfuerzos del agente J (Will Smith) para descifrar los secretos que oculta el agente K (Tommy Lee Jones) pero, por primera vez en esta tercera entrega, ambos personajes desarrollan un vínculo que los dimensiona y los convierte en objetos emocionales, más o menos creíbles, pero que al menos dejan de ser un generador de rifirrafes para consolidarse como la extraña pareja a la que apuntaba la primera parte (y es justo decir que la presencia de Josh Brolin resulta vital en el proceso).

De todos modos, el medidor de calidad de Men in Black 3 es la conformidad de cada uno respecto a la película, porque es tan fácil encontrarle defectos como entregarse al placer culpable y disfrutar de un espectáculo ameno con, incluso, destellos de genialidad (la representación del crack del 29 o la aparición de Bill Hader como Andy Warhol son sencillamente sublimes). Yo creo que plantear una película de este calibre poniendo el listón bajo para rebasarlo con facilidad y terminar con buen sabor de boca no es la forma más honesta de engatusar al público; pero entretener es, paradójicamente, a lo mínimo pero también a lo máximo a lo que puede aspirar MIB y esta tercera entrega, al fin y al cabo, cumple su cometido.

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