Comprar un colchon puede parecer una práctica sencilla, pero esa percepción cambia cuando decides dar el paso y te das cuenta de la gran cantidad de modelos, materiales, firmezas y precios. Fallar en la elección puede afectar negativamente en el descanso. Por este motivo, vale la pena dedicar el tiempo que sea necesario para dar con el que mejor se adapta a nuestras necesidades. El problema es que todavía existen muchas ideas preconcebidas sobre los colchones que pueden llevarnos a tomar una mala decisión.
Elegir el colchón únicamente por el precio
Uno de los mayores errores es centrarse solo en el precio del colchón. Ni el colchón más barato tiene que ser necesariamente malo ni pagar una cantidad elevada garantiza automáticamente dormir mejor.
Lo importante es analizar qué ofrece cada modelo: materiales, firmeza, capacidad de adaptación, transpirabilidad, dimensiones o garantía, entre otros aspectos.
También conviene pensar a largo plazo. Un colchón se utiliza todos los días y normalmente durante bastantes años. Ahorrar una pequeña cantidad inicialmente puede no compensar si después resulta incómodo o pierde rápidamente sus propiedades.
Probar un colchón durante unos minutos
Es probablemente uno de los errores más habituales. Entramos en una tienda, nos tumbamos unos minutos y decidimos si el colchón es cómodo. El problema es que ese tiempo sirve para obtener una primera impresión, pero dicen muy poco sobre cómo descansaremos después de pasar siete u ocho horas sobre él.
A la hora de probar un colchón deberíamos hacerlo en nuestra postura habitual. Si normalmente dormimos de lado, por ejemplo, tiene poco sentido probarlo únicamente boca arriba. Por este motivo, los periodos de prueba en casa pueden ser interesantes. Dormir varias noches permite conocer mucho mejor cómo responde el colchón que una prueba rápida en una exposición.
Pensar que cuanto más duro, mejor
Durante años se ha repetido que los colchones duros son mejores para descansar correctamente. Sin embargo, la firmeza ideal depende de cada persona.
El peso corporal, la altura, la postura durante el sueño y las preferencias personales influyen en la sensación que proporciona un mismo colchón. Una superficie demasiado firme puede resultar incómoda para determinadas personas, mientras que una excesivamente blanda puede provocar demasiado hundimiento.
En lugar de buscar simplemente un colchón duro, conviene buscar un nivel de firmeza que proporcione soporte y, al mismo tiempo, resulte confortable.
Confundir grosor con calidad
Un colchón de 30 centímetros no tiene por qué ser mejor que uno de 25. Aunque el grosor puede estar relacionado con su construcción y con el número de capas utilizadas, por sí solo dice muy poco sobre la calidad.
La densidad y características de las espumas, el tipo de muelles, el látex, las capas de confort o la calidad de los tejidos pueden marcar una diferencia mucho mayor que unos centímetros adicionales.
Comparar colchones únicamente por su altura puede llevar a conclusiones equivocadas.
No tener en cuenta la postura al dormir
No todas las personas duermen igual. Quienes descansan principalmente de lado ejercen más presión sobre hombros y caderas, mientras que dormir boca arriba o boca abajo plantea necesidades diferentes. La postura habitual debería formar parte de la decisión junto al peso y las preferencias de firmeza.
También es importante considerar si dormimos en pareja. En ese caso entran en juego otros factores, como la independencia de lechos, especialmente cuando existe una diferencia considerable de peso o una de las personas se mueve mucho durante la noche.
Viscoelástica, muelles ensacados, espumas de diferentes densidades, tratamientos especiales, tejidos técnicos… La cantidad de términos comerciales puede resultar abrumadora. Conocer los materiales es útil, pero el objetivo final no debería perderse entre especificaciones.
Al comprar un colchón hay que preguntarse algo mucho más sencillo: ¿es adecuado para nuestra forma de dormir?


