Lo que nos da miedo (III): El cine, donde viven los monstruos

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No hablamos aquí del monstruo que vive en el armario, sino de criaturas antinaturales, de alienígenas terrícolas o de otro planeta que desafían las leyes de la naturaleza y sobrepasan los límites de la razón humana. Ya sea por vivir más allá de la imaginación, por la espectacularidad o por desencajar en los cánones naturales, el cine ha creado criaturas protagonistas de relatos que mezclan terror y sci-fi y que escenifican el enfrentamiento contra lo desconocido.

El primer ser de esta calaña que descubrió el cine y se convirtió en mito instantáneo fue King Kong, el gorila gigante rey de la Isla Calavera. King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) fue pionera en el género de terror y sci-fi, con un original relato (cine dentro de cine) en la que un equipo se traslada una isla misteriosa en el último rincón del planeta para rodar una película y allí se encuentran con el temible y enorme Kong además de otras criaturas gigantes como serpientes o dinosaurios.

La clave de la película, no obstante, no reside en el hecho de encontrar un paraíso perdido y alejado de la humanidad. Lo culminante de King Kong es cuando consiguen cazar al monstruo para llevarlo a la gran ciudad y ser expuesto a modo de atracción, la octava maravilla del mundo. No obstante, cuando el gorila consigue escapar y se convierte en una arma de destrucción masiva es cuando se desata el terror y el caos desatado por un ser que, sencillamente, está en un sitio que no le corresponde.

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El final de King Kong, con el gorila en la cima del Empire Sate es la imagen del perfecto contraste entre dos mundos que no pueden convivir sin que uno de los dos acabe destruido. El hecho de cruzar la línea, de ir un paso más allá y unir la bestia con la humanidad es también cruzar la línea entre el sci-fi y el terror, pues da igual si el monstruo está en una isla perdida o en otro planeta, pero la cosa cambia cuando se abre la posibilidad de que la criatura se esté al lado de lo que podría ser tu casa.

King Kong ha tenido varias secuelas y remakes con notable mejoría en el apartado visual, pero jamás con el espíritu, la emoción y el impacto de la obra original. Secuelas como El hijo de Kong (Ernest B. Schoedsack, 1933) o King Kong lives (John Guillermin, 1986), protagonizada por Linda Hamilton (la eterna Sarah Connor) siguieron dando vida al gorila gigante; mientras que otros optaron por hacer remakes que tuvieron más éxito entre el público que entre la crítica, como los King Kong de John Guillermin (1976) con Jeff Bridges y Jessica Lange, hasta llegar al de Peter Jackson en 2005, que protagonizaron Adrien Brody y Naomi Watts.

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Precisamente un crossover de King Kong me sirve para rememorar al otro gran monstruo terrícola del terror/sci-fi: Godzilla. King Kong vs. Godzilla (Inoshiro Honda, 1962) era la tercera película con el lagarto gigante que asediaba Japón, la primera en la que se le presentaba un rival a la altura.

Lo de Godzilla es curioso, pues el monstruo se presentó como una metáfora de la masacre atómica que sufrió Japón en la Segunda Guerra Mundial a manos de los estadounidenses, pues Godzilla tiene un origen radiactivo ya sea por secuelas de pruebas nucleares o a causa de experimentos encubiertos, según la película.

A pesar de ser un icono del holocausto nuclear, Godzilla –visto por primera vez en Gojira (Inoshiro Honda, 1954)- se convirtió rápidamente en un personaje mítico protagonista de una extensa filmografía en Japón, una versión americana e, incluso, llegó a protagonizar una serie infantil. Su condición original de villano destructivo se fue perdiendo e incluso llegó a ser un aliado japonés para luchar contra otras criaturas monstruosas, de modo que la identidad crítica y terrorífica se fue diluyendo a favor del mero entretenimiento y la ciencia-ficción.

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El relevo natural de Godzilla lo tomó puntualmente la criatura que aterroriza Seúl en la excelente The Host (Bong Joon-ho, 2006), una película que recomiendo a los que no la hayáis visto porque a parte de ser un diez como monster movie, tiene impagables dosis de humor, ironía y una profunda crítica social.

Abandonamos a los alienígenas de nuestro planeta para hablar de los invasores externos, ya que uno de los grandes “miedos” de la humanidad, a la par que una de las mayores fascinaciones, es la existencia de vida inteligente fuera de nuestro planeta y la posibilidad que estos seres pudieran llegar a contactar…y a invadirnos.

Tradicionalmente hay dos formas de arrasar la humanidad: a lo discreto o en plan zafarrancho. El método discreto es quizá el que ha dejado mejores películas para el género de terror, con mitos como La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), su notable remake La invasión de los ultracuerpos (Philip Kauffman, 1978) o, mí favorita, La Cosa (John Carpenter, 1982), de la que actualmente se está preparando una precuela.

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La peculiaridad de estos alienígenas es que podían imitar la forma humana y se aprovechaba esta circunstancia para mantener una tensión constante resultante del miedo y la desconfianza, ya que tu mejor amigo o tu pareja podía ser quien te aniquilara en cualquier momento.

En el apartado de invasiones en plan SWAT de deslumbrar y despejar (literalmente), que como película no acojona demasiado pero no nos engañemos, si pasara de verdad nos haríamos caquita; tenemos grandes películas más encasilladas en el género ciencia-ficción como La Guerra de los Mundos (Byron Haskin -1953- y Steven Spielberg -2005- ), adaptación cinematográfica de la novela (1898) de Herbert George Wells que otro Wells, Orson, convirtió en 1938 en un guión radiofónico para la historia.

No puedo dejar de mencionar Independence Day (Roland Emmerich, 1996), que a pesar de ser ODIOSA hasta los topes, fue una de las películas más taquilleras de los 90; ni Señales (M. Night Shyamalan, 2002) que enfoca la invasión extraterrestre desde un punto de vista más intimista y centrándose en la vida de una familia media americana, lo que no deja de ser un interesante planteamiento para una película, para mí, decepcionante.

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De todos modos, los alienígenas más emblemáticos del terror/sci-fi son, sin duda, el Alien y el Predator, ambas criaturas excepcionales e impresionantes en el momento que fueron presentados en sociedad con Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), la mejor película, para mí, de Ridley Scott; y Depredador (John McTiernan, 1987).

El paralelismo de ambos bichejos es una realidad cinematográfica, ya que ambos tuvieron una subrayable secuela, Aliens (James Cameron, 1986) y Depredador 2 (Stephen Hopkins, 1990) y fueron arrojados a la vulgaridad con los lamentables crossovers de AVP y AVP2, después de que el Alien volviera aparecer en las prescindibles Alien 3 (David Fincher, 1992) y Alien: Resurrección (Jean-Pierre Jeunet, 1997).

Ahora se les está intentando devolver la dignidad que nunca se les debió arrebatar a ambos monstruos, con el reboot Predators (Nimród Antal, 2010) y con las precuelas de Alien en las que está trabajando el mismo Ridley Scott.

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Hasta aquí llega el repaso a las criaturas monstruosas que tanto juego han dado y que van a dar al género de terror y a la ciencia-ficción, ya que los límites de este subgénero están en la propia imaginación humana, capaz de crear los monstruos más atroces y hacerlos reales, aunque afortunadamente sólo sea en la ficción.

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