Lo que nos da miedo (II): misterio, suspense, aventura…y terror

La verdad puede ser una de las cosas más terroríficas que se pueden llegar a conocer y algo difícil de asimilar en ocasiones en las que esta verdad supera la imaginación de uno mismo. El afán de huir de la incredulidad, por consiguiente, es un enemigo mortal para el ser humano y esta búsqueda de la verdad puede convertirse en una auténtica pesadilla digna de una película de terror.

Aquí entramos en arenas movedizas porque nos adentramos en una rama dudosa del género de terror, ya que la etiqueta de “terror” queda camuflada tras otro tipo de género (aventuras, misterio, suspense, thriller, detectivesco…) pero siempre con un rasgo en común: el hambre de un protagonista para adentrarse donde sea necesario para descubrir una verdad acaba desencadenando unos hechos a veces terroríficos.

Las obras literarias de autores como Edgar Allan Poe o Sir Arthur Conan Doyle disponen un escenario repleto de ingredientes propios del terror clásico para acentuar el clima de misterio ante un peligro desconocido, aunque muchas veces acabe teniendo una explicación racional (sobretodo en el caso de Conan Doyle).

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La primera obra que nos puede venir a la cabeza en estos términos es El Perro de los Baskerville llevada varias veces al cine, aunque la más destacable sea la de Terence Fisher en 1959 con Christopher Lee como Sherlock Holmes. En esta obra, Sherlock Holmes investiga un crimen relacionado con una leyenda pueblerina que aterroriza a la gente del entorno, aunque en esta ocasión en vez de un supuesto vampiro nos encontramos contra un perro fantasma y, en otro caso, lo que hará aflorar los miedos de la gente será un ginete sin cabeza salido del infierno (Sleepy Hollow, de Tim Burton, 1999). La misma historia de base que se convierte en un relato genuino gracias a los matices, en definitiva.

Incluso el nuevo Sherlock Holmes de Guy Ritchie coquetea con lo sobrenatural, aunque los misterios despierten más interés que miedo y aunque el protagonismo principal sea para la aventura y el humor, pero el recurso de coger prestados rasgos del cine de terror sigue ahí y resulta básico para según qué tipo de obras.

También hablábamos de Edgar Allan Poe, cuyas obras se alejan más del misterio y el suspense y sí que se meten de lleno en el género de terror, siempre con el particular estilo del autor estadounidense, que nos adentraba hasta el rincón más oscuro de la mente de sus protagonistas.

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Poe ha dejado grandes obras literarias que han sido llevadas al cine con poca brillantez, quizá exceptuando algunos films que dejaron la dupla Roger Corman (director) & Vincent Price (actor), como La Caída de la Casa Usher (1960), El Péndulo de la Muerte (1961) -personalmente me encanta este cuento- o La Máscara de la Muerte Roja (1965). También fue muy aplaudida la adaptación de Los Crímenes de la Calle Morgue (Robert Florey, 1931), obra protagonizada por Bela Lugosi y cuyo relato tiene el honor de ser el primer crimen imposible en una habitación cerrada de la historia.

A lo largo de la historia del cine, este recurso de convertir la investigación de un crimen en una historia de terror se ha ido repitiendo reiteradamente y ha dejado grandes títulos, algunos de ellos tan aclamados como Los Crímenes del Museo (Michael Curtiz, 1933), La Noche del Cazador (Charles Laughton, 1955), El Silencio de los Corderos (Jonathan Demme, 1991), Seven (David Fincher, 1995) o Desde el Infierno (Hermanos Hughes, 2001).

He dejado por el final del repaso a esta maravillosa pareja que forman misterio y terror al gran maestro del suspense, Alfred Hitchcock, cineasta cuyas obras más emblemáticas están en muchísimas listas de “mejores películas de terror de la historia” por su capacidad de innovación en la época y porque todavía hoy en día resultan inimitables las atmosferas hostiles y el clímax constante que son películas como Rebecca (1939) y Psicosis (1960).

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Si hay espacio para la razón y por lo sobrenatural en este tipo de cine híbrido, también hay lugar para los monstruos, como lo había en el terror clásico. En este aspecto, el monstruo más emblemático y paradigma de la unión entre aventura, misterio y terror es, sin duda alguna, la momia.

Hay que girar mucho la cabeza y echar la vista muy atrás para recordar películas en las que una momia sembraba el terror, ya que a la mayoría nos viene a la cabeza la trilogía de aventuras protagonizada por Brendan Fraser y que abrió Stephen Sommers en 1999 con La Momia, la única película buena de las tres.

De todos modos, hay que decir que la momia es uno de los monstruos que más películas ha protagonizado en la historia del cine y uno de los primeros en infundir el miedo en los curiosos aventureros que se metían donde no debían y resucitaban a personas con muy mala leche, a pesar de su ridículo aspecto de muerto patizambo cubierto de un vendaje mugriento.

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El cine europeo de principios del siglo XX brindó al público algunos títulos interesantes con momias de por medio, como La Momie du Roi (Gérard Bourgeois, 1907), Los Ojos de la Momia (Ernst Lubitch, 1918) o La Momia (Karl Freund. 1932), protagonizada por Boris Karloff., y que abrió una especie de saga que más bien fue un descenso a los infiernos, pues la momia quedó obsoleta y cayó en el olvido.

El reencuentro fugaz pero feliz de la momia con el cine de terror se produjo en la segunda mitad de siglo, devolviendo la dignidad al monstruo después de varios años de películas paródicas como Abbott and Costello meet de Mummy (Charles Lamont, 1955) protagonizada por el popular dúo cómico.

Las dos películas que devolvieron la momia a su sitio de honor fueron La Momia Azteca (Rafael Portillo, 1957) y, sobretodo, Sangre en la Tumba de la Momia (Seth Holt, 1971). Su gran acierto es olvidarse de los vendajes y el andar torcido e introducir momias femeninas que recuperaban su aspecto humano y utilizaban sus encantos y sus poderes para conseguir sus maléficos propósitos.

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A pesar de la aceptable calidad de ambas películas, volvió el letargo para la momia hasta que en 1998 Russell Mulcahy lo intentara con La Sombra del Faraón sin el menor éxito, lo que puso fin (de momento) al romance entre el cine de terror y la momia, pues en pocos años se asentó como malvada en películas de aventuras para toda la familia.

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