Resulta inevitable, cuando te adentras en la literatura, conocer pinceladas biográficas de los autores que lees y estudias. De un modo casual, se revela ante ti cómollevaron su existencia aquellos escritores cuyas obras te deslumbran. Ese existir para el cual no hay boceto, ni direcciones obligatorias ni tampoco manual alguno de instrucciones. Alcanzas a comprender qué experiencias los marcaron, qué pensamientos e ideas defendían o atacaban, cuáles eran sus preocupaciones, cómo participaron en su época. En definitiva, el perfil humano del artesano de la palabra, que no desvelas al comentar sus textos.
En este acercamiento íntimo a los clásicos rusos me sorprendieron algunos rasgos comunes. No es de extrañar, por ejemplo, que coincidieran en su espíritu crítico contra el sistema político y social que regía, podría decirse generalizado en la época del realismo y naturalismo, pues el escritor necesariamente es un pensador y observador de la vida, en constante búsqueda de la verdad, un denunciante de la realidad ilegítima. Consecuencia de ello, el segundo rasgo, su espíritu rebelde, la denuncia que hacen con su literatura les encamina a comprometerse con su propia vida.
La época fue determinante y nos encontramos con una situación descarnada en el país. Cómo no oponerse a un régimen absolutista y retrasado, a una alta sociedad frívola, egoísta y ociosa hasta los huesos, mientras los campesinos sufrían toda clase de humillaciones y miserias. Máxime, cuando te amonestaban al más mínimo movimiento.
En un breve esbozo, comenzaré con Puhkin, portavoz del espíritu romántico de la rebelión, realiza una honda crítica a su clase social y al sistema de su país, gran defensor del pueblo ruso, es desterrado al Cáucaso por su relación con la rebelión de los decembristas. Lérmontov , también de origen noble, será desterrado igualmente al publicar su poema La muerte del poeta, dedicada a Pushkin.
Dostoievski es condenado a muerte, pena conmutada en el último momento por trabajos forzados en Siberia. Recogió sus experiencias en el presidio en Memorias de una casa de muertos. Turguénev publica Narraciones de un cazador, retratando la vida campesina, y lo consideran un ataque a la servidumbre de gleba y lo confinan en su propiedad rural. Tólstoi, en las sublevaciones que se producen para la liberación de los campesinos, participa a favor de ellos, crea una escuela para sus hijos; durante los años del hambre organiza comedores gratuitos.
Y sin detenernos en todos aquellos pensadores, escritores, artistas que apoyaron y participaron de un modo u otro en la revolución rusa de 1917. Muchos de ellos, más tarde, se vieron obligados a exiliarse, situación que también conocerían, por desgracia, nuestros intelectuales. Y mucho más tarde, llegó la decepción y el desencanto de ese gran sueño de un mundo mejor posible; pero esa sublevación, ese gesto digno , libre , heroico, idealista, vibrante en el peligro, como cuando el protagonista de Tabuchi en Sostiene Pereira, salva la censura y revela el asesinato de su amigo. Una denuncia pública contra la dictadura de Salazar en un hombre triste, solitario y melancólico; ese gesto, como digo, desafiante, que sembró, desencadenó, revolucionó, y también fracasó, en su transcurso histórico ¿No es digno de admiración y encomio? ¿Acaso fue todo en vano? ¿Fueron vanos nuestros sueños porque fracasaran, o nuestros errores?
Hoy, todavía en el aura de desencanto que trajo consigo la postmodernidad, cuando Lyotard anuncia «han muerto todos los cuentos de hadas« y el ser humano, perdida su confianza en los cambios sociales y el progreso, vuelve su mirada a la vida privada, nos hallamos en las antípodas de aquella historia. La nuestra ( la de los países llamados desarrollados, claro) parece más equitativa, menos brutal, con problemas diferentes pero igualmente censurables. Y sin ánimo de abanderar un compromiso político en el arte, en el profundo respeto a la libertad creativa, sin ánimo siquiera de abanderar, comprendo que volvamos como Chéjov a mostrar lo universal en lo cotidiano y trivial, que retornemos al ser y sus eternos interrogantes.
Pero también reconozco, creo en las palabras, tengo fe, en las letras, y mucho más, en el ejemplo.