Un retrato femenino de Roy Lichtenstein, el pintor que quiso hacer que el arte fuera “tan despreciable que nadie quisiera colgar una obra en su casa”, encabeza las tradicionales ventas de obras modernas e impresionistas del mes de mayo.
Es famoso el artículo que la revista Life publicó en 1964 y en el que su autor se preguntaba si Roy Lichtenstein era el peor artista de Norteamérica. Un año antes, en 1963, el artista aseguraba en una entrevista que quería hacer que el Arte fuera tan despreciable que nadie quisiera colgar una obra en su casa. Unas palabras sin duda arriesgadas para alguien que acababa de acceder, como quien dice, al circuito artístico. Lichtenstein mantendría su apuesta hasta el final de su carrera. ero cuando por primera vez planteó su desafío, hacía apenas unos meses que Leo Castelli había organizado la primera exposición sobre su obra. Era 1962 y la indignación de público y crítica desbordó los mentideros del arte. Sus lienzos que simulaban tiras cómicas parecieron a más de uno una broma infantil que se burlaba de la pretendida seriedad del llamado expresionismo abstracto de sus predecesores. Sin embargo, Lichtenstein sólo se reía, en el fondo, de él mismo, como cuando confesaba:
“Pinto mis cuadros al revés o de lado. Muchas veces ni siquiera recuerdo de qué tratan. Evidentemente, al principio sé qué es lo que estoy pintando, y que será divertido o irónico, pero trato de eliminarlo mientras los estoy haciendo. No son los temas lo que mantiene mi interés”.
En realidad, Lichtenstein ahondaba en el camino emprendido por Pollock, Rothko y De Kooning, entre otros. Con sus pinturas rompía definitivamente, de una vez por todas, con la tradición pictórica europea, aunque él, paradójicamente, lo que más deseaba era ser reconocido como heredero artístico del maestro de todos ellos: Picasso.
Durante sus estudios universitarios pintó retratos y naturalezas muertas, en la línea del malagueño y de Braque, y durante su estancia en París en la Segunda Guerra Mundial llegó a visitar su estudio… pero sólo por fuera, sin atreverse a llamar a la puerta, preguntándose a sí mismo por qué Picasso querría verle a él, un simple estudiante de Bellas Artes de Ohio. Es probable que Lichtenstein tuviera en mente alguna de las mujeres dormidas de su admirado Picasso, cuando en 1964 pintó Sleeping Girl, un retrato de una joven rubia durmiendo que se convirtió, desde su exhibición, en uno de los iconos del arte estadounidense de posguerra. La obra fue adquirida ese año por Beatrice y Phillip Gersh en la Galería Feurs. Y ha permanecido en manos privadas hasta ahora, cuando los Gersh, miembros fundadores del MOCA, lo sacan a subasta en Sotheby’s Nueva York, el 9 de mayo, con un precio estimado entre 22 y 30 millones de euros. El mes se cerrará los días 22 y 23 de mayo con la venta en Londres de parte de la colección de 300 obras del arte del empresario, fotógrafo y playboy alemán Günter Sachs, con obras, entre otros, de Warhol, Klein, Fontana, Dalí, Ernst y Giacometti.