La zona muerta

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Recomendar un libro de Stephen King es como recomendar una hamburguesa con queso: todo el mundo conoce su sabor y a pocos desagrada. Otra cosa es que te apetezca comer todos los días hamburguesa con queso.

Hace poco le preguntaron cuáles era los libros por los cuales esperaba ser recordado y él apostó por tres: Apocalipsis, El Resplandor y El misterio de Salem’s Lot, «porque a la gente siempre le gustará una buena historia de vampiros». Bueno, es discutible.

Literariamente (oh, sí, considero a Stephen King un escritor serio) quizá su mejor libro sea El Resplandor. Pero la película de Kubrick se ha llevado el gato al agua y ya resulta imposible disfrutar su lectura sin imaginarse el rostro contorsionado de Jack Nicholson sobreactuando hasta el infinito.

También estoy tentado de recomendar La historia de Lisey porque es su último libro y me ha entusiasmado, pero…

Lo que pasa es que tengo debilidad por una novela menor y perfecta titulada La zona muerta que publicó en 1979. Como siempre, lo mejor de King son sus personajes. Pero la premisa es irresistible, y se puede resumir en un eslogan con forma de pregunta: «Si tuvieras la oportunidad de regresar al pasado y asesinar a Hitler antes de que llegara al poder, ¿serías capaz de hacerlo? ¿Aunque supieras que luego ibas a morir?«. No estamos hablando de agentes dobles ni expertos en criptografía que viajan por el tiempo. Se trata del universo de Stephen King, es decir: gente normal, con los miedos y las miserias de la clase media americana de su época. Aunque, claro, no del todo normal…

Además, La zona muerta es uno de los casos raros en que Stephen King «planificó» la trama en lugar de inventarla sobre la marcha, y él ha confesado tener un cariño particular por este libro. Creo que son dos buenas razones para echarle un vistazo.

Post data: muy pronto se celebrarán en Huesca unas jornadas de literatura sobre la figura de Stephen King en las que tendré el honor de participar. Si alguien anda por ahí cerca, está invitado a pasarse y hablar de terror.     

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