¿ Os acordáis de la serie televisiva La Plaza del Diamante? El rostro de Silvia Munt, Colometa, podría reflejar la tristeza y resignación, el abatimiento general que arrastró consigo el atropello de nuestra historia. Me acuerdo que me gustaba seguir los episodios, pero cuando abrí el libro, su voz narradora, una voz femenina, con un aparente lenguaje coloquial y conversacional, me cautivó desde la primera página. Parecía escuchar a mi abuela cuando nos contaba, sentados todos alrededor de la mesa camilla, historias de aquellos tiempos, testimonios de dificultades y supervivencias, de discriminaciones sexistas, mientras los pequeños escuchábamos con suma atención.

“…y pensé que tenía que estrujar la tristeza, hacerla pequeña en seguida para que no me vuelva, para que no esté ni un minuto más corriéndome por las venas dándome vueltas. Hacer con ella una pelota, una bolita, un perdigón. Tragármela”

Mercé Rodoreda exhibe con su escritura maestría y dominio del lenguaje, habilidad e ingenio al transmitirnos de un modo aparentemente sencillo, ocultando nuevos usos de complejidad técnica y retórica, el papel y la situación de la mujer durante la Segunda República y la Guerra Civil, cuya vida, de modo inevitable, se ve agraviada por el acontecer histórico, situándose la novela en la ciudad de Barcelona.

Es la suya una evocadora narración empapada de lirismo, símbolos y poesía, mostrándonos un peculiar y característico modo de narrar. Una humedad de visualidad, sensaciones, colores y olores que nos va mojando hasta traspasarnos la piel, salpicada a ratos por ingenuas sonoridades.

La narradora construye su personalidad a través de su propio discurso. Conocemos su subjetividad femenina no por lo que refiera explícitamente sino por las sugerencias de sus frases , por el modo de decir, y por el centelleo que de sí misma captamos en las múltiples descripciones realizadas. Una totalidad en la que el exterior y el interior se funden, lo colectivo y lo personal cohesionan. El personaje femenino usa igualmente para perfilarse la contraposición, es decir, se caracteriza por oposición , y también como era usual en la época, subordinación al masculino, Quimet, su antónimo.

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Llegado el momento del estallido de la guerra, se muestra la historia de lucha y entusiasmo, de derrota, muerte y hambre, aumentando la intensidad trágica de la novela hasta la desesperación ” todo estaba cansado como una gran enfermedad”. En el preciso instante en el que Natalia no ve más solución que la muerte, da un giro su vida y aparece Antoni, el tendero, quien precisamente le vende la botella de aguafuerte, el medio con el que pensaba suicidarse y matar a sus hijos. No obstante, en esa nueva placidez , Natalia vivirá atrapada en el pasado, trastornada, incluso martirizada. Será ese famoso grito, expresión y arrojo fuera de sí de todo el dolor y pasado arrastrado y silenciado, su liberación, allí, en la Plaza del Diamante, donde conoció a Quimet, donde todo comenzó.

” …Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y el sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día”

¿ No os parece sencillamente magnífica esta escritura? Perdonad que no me ciñera a la literatura rusa, pero no he podido resistirme, pensaba aconsejar los Cuentos de Chéjov, será ya en otro momento. Por cierto, en el cercano 2008 se celebrará el centenario de esta escritora. Lean esta novela, se sorprenderán.

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