Poeta nacida en Vitoria en 1905, discípula y amiga de Juan Ramón Jiménez fue una de las pocas mujeres pertenecientes a la Generación del 27. Pasó su infancia y juventud en Madrid publicando a los 21 años su primer libro de poemas, En silencio, formó parte de la sección de Literatura del Club Lyceum, donde se reunían las mujeres intelectualmente inquietas de Madrid, asistía a tertulias literarias con Rafael Alberti, Concha Méndez….y en 1930 conoció al que sería su marido, Juan José Domenchina, poeta, amigo y secretario de Manuel Azaña.

El conocimiento del francés e inglés junto a una esmerada educación hicieron de Ernestina de Champourcin una de las más importantes traductoras del siglo XX, labor que ejerció durante su exilio en México.

Su poesía intimista está cargada de imágenes, busca la palabra precisa rechazando lo accesorio, lo espiritual y trascendente marca su etapa de madurez literaria haciéndose cada vez más conceptual y pura.

Su obra gira alrededor del amor, el amor humano, el amor a Dios… gran parte de sus escritos estan impregnados de una enorme fe y espiritualidad, de un gran mundo interior.

Se define como “poeta, nada más”, reconociendo ella misma en su poética varias etapas:

“Primera: la eclosión inesperada, o sea el primer verso del que brota como un débil surtidor, el primer poema.

Segundo: Paisaje de amor. Pasión y pintura.

Tercero: Invasión de algo que lo emula todo. Que algo se desgaja a su vez en Amor va, ¿de qué o a quién? Amor humano. Búsqueda de fusión hacia otro.

Por último, amor trascendente. No basta ser, es inevitable trascender, subir, ir más lejos.”

Ernestina de Champourcin logró trascender, emocionarnos con sus palabras, con cada uno de sus paisajes, de sus colores, de sus versos. Murió el 27 de Marzo de 1999 en Madrid.

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Su vida podría definirse como “un compendio de las contradicciones, las ideologías, las tragedias y las grandezas del siglo XX

No quiero saber nada…

Ni de esa luz incierta

Que retrocede vaga

ni de esa nube limpia

con perfiles de cuento.

Tampoco del magnolio

que quizá aún perfume

con su nieve insistente…

No saber, no soñar,

Pero inventarlo todo.