«La inquilina de Wildfell Hall», de Anne Brontë

Pasó ya el 25, Día Contra la Violencia hacia las Mujeres, y recordé este libro.

«La inquilina de Wildfell Hall» es seguramente una de las primeras novelas que trata ese tema, y además escrito por una mujer; fue publicada en 1848, un año antes de la muerte de la autora, Anne Brontë.

La pequeña de las Brontë sigue siendo, lamenteblemente, muy desconocida. En algún sitio leí que si Charlotte Brontë (Jane Eyre, 1847) había sido la más popular de las tres, y Emily Brontë, la más original y rompedora (Cumbres Borrascosas, 1847), Anne era, sencillamente, la mejor escritora.

Es cierto que su prosa es exquisita, y delicada, lejos del lenguaje más barroco de sus hermanas. Y si bien en Agnes Grey se deja arrastrar por la influencia de su hermana mayor, Charlotte (Agnes Grey es una institutriz enamorada), en «La inquilina de Wildfell Hall» se descubre como una narradora con personalidad propia, y adelantada a su época.

Los temas que aparecen en esta soberbia novela -el alcoholismo, el maltrato psicológico y físico a la mujer- no eran nada comunes en la Inglaterra del siglo XIX, ni siquiera en autores masculinos. De hecho, en el prefacio a la segunda edición del libro se publicó una aclaración de la autora, haciendo frente a las numerosas críticas que había recibido el libro, en las que lo tachaban de lindezas como el tener «una predilección morbosa por lo grosero, cuando no por lo brutal«.

Recuérdese, eso sí, que el libro (como todos los de las Brontë) salió publicado con un pseudónimo masculino, Acton Bell; y aún así fue un escándalo. Pero algunos empezaron a imaginar que bajo ese pseudónimo se escondía una autora; por eso fueron aún más duros con sus críticas a la novela y al tema que trataba, ante lo cual Anne respondió en ese prefacio, diciendo:

«Poco puede importar que bajo ese nombre se esconda la personalidad de un hombre o de una mujer, como algunos de mis críticos afirman haber descubierto. Aunque no tengo más remedio que atribuir buena parte de la severidad de mis censores a esta sospecha, no me molestaré en refutarla, porque, en mi opinión, si un libro es bueno, lo es independientemente del sexo de quien lo ha escrito. Todas las novelas se escriben, o deben ser escritas, para que las lean hombres y mujeres y no puedo concebir que una mujer sea censurada por escribir algo que es ‘adecuado y conveniente sólo para un hombre’ »

Poco se imaginaría la pobre Anne que, casi dos siglos más tarde, muchas escritoras se verían, irónicamente, en el caso contrario: forzadas a escribir sobre temas «duros» o clásicamente «masculinos» para ser tomadas en serio. Si te llamas Juan José Millás o Carlos Ruiz Zafón puedes escribir una novela de amor y ser aplaudido por la crítica; pero si eres una mujer… puedes ser fácilmente encasillada como una autora «sólo para mujeres».

Volviendo a la novela, «La inquilina de Wildfell Hall» muestra también la influencia de Emily Brontë en el cambio de punto de vista del narrador. Dos personajes nos cuentan esta historia: un joven inglés, intrigado por una misteriosa dama que vive de forma apartada y solitaria, y la dama en cuestión. Lo que puede parecer una novela de amor, o de crítica a la cerrada sociedad inglesa de la época, llena de prejuicios, de pronto deja asomar unos ángulos mucho más oscuros. Los personajes están construidos con mimo, hasta el más secundario; el entorno nos transmite la sobriedad de toda una época, muy diferente a la Inglaterra romántica de Emily y Charlotte Brontë; más realista, más palpable, para lo malo y para lo bueno. No hay páramos nublados, ni fantasmas, y no hay más locura que la que, desgraciadamente, podemos encontrar a diario en cualquier ciudad del mundo.

Mi edición es la cuidadísima de la editorial Alba, colección Alba Clásica. También se puede encontrar publicada por Nuevas Ediciones de Bolsillo.

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