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El reparto de la herencia dentro de una familia adinerada suele ser motivos de discutas entre hermanos, tíos o primos que terminan como el perro y el gato por hacerse con la mayor parte del botín del pobre que se ha ido al otro mundo. Si entre familias la lucha suele ser feroz, imagínense como sería entre los hijos del fallecido y la sirvienta que cuidaba de esto.

Sobre esto es precisamente de lo que trata el último libro del gran autor John Grisham, un tipo que maneja las historias de abogados y jueces como nadie, y que a pesar de no haberlo conocido hasta ahora, con tan sólo leerme este libro me ha dejado prendado de su forma de manejar todas las tramas.

El libro cuenta la historia del señor Seth Hubbard, un acaudalado hombre de una pequeña ciudad de Misisipi que decide quitarse la vida al detectarle un cáncer. Lo sorprendente es cuando al día siguiente de su muerte, el abogado Jake Brigance recibe en su despacho una carta enviada por el fallecido que contenía sus últimas voluntades para ser enterrado y un testamento manuscrito donde dejaba toda su riqueza a su sirvienta Letitia Lang, una mujer negra que trabajó durante los últimos tres años en el cuidado de Seth. En este manuscrito también se ponía de manifiesto que ni sus hijos ni sus nietos debían recibir nada de dicho testamento.

Es aquí donde empieza lo bueno de esta historia, una lucha entre abogados por conseguir la victoria en su particular partido que se celebra en un juzgado y donde las doce personas que forman el jurado serán las encargadas de decidir si ese testamento manuscrito tiene validez o no.

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Una historia de lectura rápida que logrará engancharte desde la primera página hasta la última.