En un mundo donde la calidad del aire interior se ha convertido en una preocupación creciente, las velas perfumadas han sido objeto de debate. Acusadas de ser potenciales contaminantes, estas pequeñas fuentes de luz y aroma han sido cuestionadas en términos de su impacto en el ambiente doméstico. Sin embargo, los estudios más recientes sugieren que el problema no radica en las velas en sí mismas, sino en la combinación de múltiples fuentes de contaminación en espacios mal ventilados. Según Paz García, fundadora de Volonté Bougie, lo que se necesita es información, criterio y una perspectiva más amplia sobre cómo respiramos en nuestros hogares.
Las investigaciones sobre la calidad del aire interior han puesto el foco en diversos elementos, como velas, inciensos, productos de limpieza, ambientadores y materiales de mobiliario. La conclusión es clara: el riesgo no está en un solo producto, sino en la suma de emisiones en un espacio cerrado. «Una vela de calidad, utilizada de forma puntual, tiene un impacto mucho menor del que se le suele atribuir», explica García.
El consumo de velas varía según el estilo de vida. En Europa, la media es de alrededor de veinte velas al año por hogar, aunque esta cifra fluctúa dependiendo de los hábitos de cada familia. Es importante destacar que las velas no suelen ser un elemento de uso constante o intensivo en la mayoría de los casos.
La composición de una vela aromática es sencilla: una cera que actúa como combustible, una mecha que conduce la llama y una fragancia que añade identidad. La diferencia radica en la calidad de estos componentes. «El tipo de cera, la mecha y la fragancia determinan si una vela es cuidada o no», aclara García. Las velas más problemáticas suelen ser aquellas elaboradas con parafinas de baja calidad, mechas inadecuadas o fragancias demasiado agresivas, elementos que pueden generar humo, hollín o una sensación de aire pesado.
En personas sensibles, el uso de velas de mala calidad puede provocar dolores de cabeza, irritación o una sensación de aire cargado. Por ello, en Volonté Bougie se emplea exclusivamente cera vegetal, mechas de algodón y formulaciones equilibradas diseñadas para acompañar el ambiente sin invadirlo.
La forma en que se quema una vela también es crucial. Mechas demasiado largas, corrientes de aire o mantenerla encendida durante horas pueden alterar la combustión. Además, el momento de apagarla es igualmente importante. «Soplar una vela genera un humo visible que no es saludable. Es preferible usar un apagavelas o dejar que la llama se apague suavemente», recomienda García.
Es interesante destacar que muchos productos de limpieza y ambientadores de uso diario liberan más sustancias en el aire que una vela bien formulada. Sin embargo, estos están tan normalizados que suelen pasar desapercibidos. El aire del hogar es un ecosistema complejo, donde la vela es solo una pieza más del conjunto.
Para un uso más consciente, las velas deben colocarse en espacios comunes y bien ventilados, evitando corrientes de aire. García sugiere evitar su uso excesivo en dormitorios o, al menos, apagarlas con antelación y ventilar antes de dormir.
Volonté Bougie, marca fundada por Paz García, nace con la voluntad de crear velas perfumadas de alta calidad. Bajo la dirección del prestigioso perfumista Daniel Josier, la colección ofrece cinco referencias que buscan narrar historias extraordinarias a través del olfato. Elaboradas de forma artesanal con cera de soja y mechas de algodón puro, estas velas combinan seguridad y refinamiento, utilizando materias primas de alta calidad provenientes de Europa.
En definitiva, el uso de velas perfumadas no debe ser motivo de alarma si se emplean con conocimiento y cuidado. Como en muchos aspectos de la vida, la clave está en la calidad, la moderación y la atención a los detalles.