La ciudad donde todo cabe

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El fin de semana pasado estuve enfermo, con un gripazo del catorce y unos mareos que para qué. No tenía fuerzas para leer o para ponerme con un ordenador así es que lo único que podía hacer tumbado en el sofá era ver una película. Mi hermano me prestó -hace dos años creo- un dvd de Metrópolis de Fritz Lang y como ya iba tocando que se lo devolviese de una vez, pues elegí este film.

Lo cierto es que yo había visto ya la película hacía muchos años pero no recordaba muchas cosas. Bueno y la novela -porque el guión también se publicó como novela- de Thea Von Harbou, la había leído de joven en una colección de ciencia ficción de los kioskos. En fin, que volver a verla a supuesto un ejercicio de memoria visual y argumental, que yo no sé si por la fiebre que tenía, o por la estética expresionista del film alemán,  todo me pareció una alucinación de alguien con una mente problemática.

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Quiero decir que debían estar Thea y Fritz algo pasados de rosca cuando se les ocurrió esta fantasía. El argumento, los planos, parecen un pastiche de géneros distintos que juntos desafían a cualquier perro verde que se precie, en su rareza. Que si un mundo industrial, que si lucha de clases, que si la Biblia por aquí y por allá, que si un mundo gótico medieval, que si Frankenstein deviene cibernético… la verdad es que entre todo este batiburrillo a lo «familia feliz» de un restaurante chino, desde luego uno se queda maravillado y sorprendido de la hermosura de unas imágenes y de una puesta en escena onírica, o más bien de pesadilla, y no puede por menos de admirar la fábula que se le cuenta, que acaba con el triunfo del bien sobre el mal y la paz entre las clases sociales y la paz entre el padre y el hijo, fundamental para comprender el film, el libro.

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Digno de reseña es el esfuerzo de los efectos especiales y trucajes de cámara para reproducir la ciudad futurista, especialmente si tenemos en cuenta la tecnología de la época. Crearon escuela y admiración por doquier, hasta el punto de ser  uno de los filmes más homenajeados en otros, e incluso en videoclips (¿recuerda alguien el Radio Ga-ga de Queen?) de músicos pop. Por no mencionar- que lo haremos- que el encantador robot femenino de Metrópolis, cuyo aspecto está inspirado en una armadura medieval, es muy semejante al C3PO de La Guerra de las Galaxias, película de «homenajes» a otras donde las haya.

Ahora, que lo que más intrigante me resulta de la película, es cómo se las apañarían los productores para conseguir quince mil calvos como extras. ¿Serían calvos realmente? ¿o serían actores dispuestos a dejarse rapar el melón? Menudo enigma; no sé por qué pero creo que esta noche me costará conciliar el sueño…

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