Historia de un bombero

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Desde que era pequeño, al igual que mucha gente, mantengo una relación especial con los libros. Para mi tienen algo de mágico y de misterioso, en el sentido de que sin moverme de mi cuarto, en la casa de mis padres, accedía a mundos lejanos, a culturas diferentes, a vidas que no eran la mía pero que a través de las páginas podía vivir. Me gusta incluso hasta el olor que tienen y es uno de los primeros gestos que suelo hacer cuando tomo un libro en mis manos al entrar a curiosear en una biblioteca.

Mucho de veneración y de ritualismo para con los libros tiene Fahrenheit 451, la adaptación de François Truffaut de la novela de ciencia ficción del escritor norteamericano Ray Bradbury. Filmada en 1965 y producida en inglés por vez primera y última por el director francés, la película comienza con una quema de libros que constituye todo un homenaje, por no decir otra cosa, a la quema del barbero y el cura de Don Quijote de la Mancha; de hecho el primer libro que encuentran escondido en una lámpara es el Quijote de Miguel de Cervantes.

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La disutopía de Bradbury pasa por una crítica a una sociedad ficticia, alienada y embrutecida por una televisión interactiva y una felicidad artificial lograda con drogas.Desgraciadamente esta predicción parece haberse cumplido en la actualidad y vivimos una vida enajenada, perdiendo nuestro precioso tiempo pendientes de pantallas (televisiones, ordenadores, móviles) que nos ofrecen entretenimiento, juegos y la posibilidad de formar parte de un mundo que colme nuestras ansias de protagonismo y de ser admirados por nuestros semejantes.

Curiosamente los libros que con tanto cariño y veneración son tratados en el filme, pese a la paradoja de que los habitantes de ese mundo saben leer aunque lo tengan prohibido ¿con qué les enseñaron a leer entonces? sorprendentemente, digo, esos libros de papel en la actualidad han de soportar la competencia de los libros digitales, ya tan habituales en el metro, con lo que la invasión de la alienación de las pantallas de nuevo da un paso más para empobrecer nuestras tristes vidas.

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En fin, un film interesantísimo, a pesar de la sosería de Oskar Werner, el protagonista, que da pavor solo de pensar en que podemos acabar convertidos los seres humanos. Y si no, al tiempo. Y menos mal que tengo dos amigos bomberos, por lo que pueda pasar…

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