Gran país, grandes emociones

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«Mi temor se debe a una falta de testículos. En cambio, lo que me sobran son las mandíbulas apretadas» (Salvador Dalí).

Desde luego al protagonista de Horizontes de grandeza no se le podría acusar de lo primero que decía Dalí. Pero sí de lo segundo. Gregory Peck interpreta a un marinero que viaja al salvaje oeste para casarse con una bella mujer y al conocer a la familia de ella, a su entorno, chocará de pleno con todas sus costumbres y sobre todo con su peculiar moral, la particular manera en que los rudos hombres resuelven los conflictos, interpretando la justicia, la ley, a su modo.

Este tema del extraño que llega al oeste y contrapone su rectitud a la laxa justicia de los vaqueros ya había sido tratado por William Wyler en El forastero, en aquella ocasión interpretado por un Gary Cooper elegante y cautivador, que mediaba entre ganaderos y agricultores. Sin embargo, en la película que comentamos, el protagonista ni siquiera pertenece a ese mundo, viene de fuera y su antagonismo cobra mayor fuerza que en el primer film, por cuanto sus modales educados y caballerosos, ponen en evidencia -en un tono no exento de crítica por parte de Wyler- la tosquedad y grosería de quienes incluso pretenden pasar por grandes señores.

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Lo cierto es que siempre pensé que esta historia explica mejor que ninguna, cómo debe comportarse un hombre en todo momento, que cualquier manual de buenos modales o de casuística ética. Yo la recomiendo para aquellos padres que quieran enseñar a sus hijos valores esenciales al ser humano como son la justicia, la piedad, la valentía o la importancia de hacer las cosas sin pensar en una recompensa, sea de tipo pecuniario, o ganando notoriedad y demás trivialidades que de común admira el vulgo, y cuando digo vulgo, incluyo, por supuesto, a muchos con grandes o medianas fortunas y refinados y afectados comportamientos, pero que nadan en los sucios ríos de la ignorancia.

Wyler, francés de origen, fue uno de los directores más premiados de Hollywood y uno de los menos admirados ya que se le acusó siempre de falta de estilo propio. Confieso que es uno de mis directores favoritos, y si bien es cierto lo que se decía de él, que no tenía maneras propias, la verdad es que viendo sus obras uno no puede dejar de pensar que, maldita la falta que le hacía. Mucho peor sería tener mucho estilo y nada que contar, que de esos hay legión…

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A destacar, el papel secundario de Burl Ives, actor con carácter y vigorosa e intensa mirada siempre. Sobresaliente, sencillamente.

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