Fallado el Premio de relato «No más turrón, por favor»

Desde Portaldelescritor os anunciamos que ya se ha fallado el Premio de Relato y Microrrelato «No más turrón, por favor«. Buscábamos cuentos que ofrecieran una visión atípica o realista de las fiestas navideñas, y se recibieron cerca de 200 textos, de entre los que el Jurado ha seleccionado los siguientes:

RELATO GANADOR

* Ponga a un pobre en su mesa, de Alicia Huecas Menéndez

LOS DOS FINALISTAS:

* Dime niño de quién eres, de Julián F. Fuentes

* Líder de audiencia: de Rosa María García Barja

Enhorabuena a los ganadores.

El jurado ha querido destacar también algunos relatos por su visión original de la Navidad, por lo que se ha decidido otorgar las siguientes «MENCIONES DEL JURADO» a:

* Una confesión en Nochebuena, de Rubén Martín

* Cumbre Navideña, de María del Carmen Guzmán

* Duelo a muerte en el portal de Belén, de José Ramírez

* Una Nochevieja de muerte, de Toñi Sánchez Verdejo

* Rey robot, de Claudio Amodeo

Todos estos relatos, y más, serán publicados por la editorial Grupobuho en una selección de los mejores textos presentados al concurso.

A continuación, os dejo los textos del relato ganador, finalistas y Menciones. Para leerlos, haced click en «Leer más»; esperamos que os gusten tanto como a nosotros.

Aquí están los relatos ganadores y «Menciones» del certamen «No más turrón, por favor». Comentadnos qué os parecen, cuál os gusta más, etc

RELATO GANADOR

Ponga a un pobre en su mesa, de Alicia Huecas Menéndez
Pertenezco a una prestigiosa familia. El cabeza, es decir, mi padre, es un hombre con grandes influencias que se ha hecho a sí mismo. El corazón, es decir, mi madre, es una mujer con una visión totalmente distorsionada de la caridad.
Cada Navidad, desde que mis hermanos y yo somos pequeños, la mujer que me dio la vida se empeña en quitármela. Y es que, para la cena de Nochebuena, sienta a un pobre en nuestra mesa, tal y como lo vio en una célebre película.
Durante años he sufrido esta peculiar costumbre, de niño con miedo, de adolescente con fastidio, y de adulto al borde de un ataque de nervios.
Se sobreentiende que mi padre, mis hermanos y yo mismo, intentamos explicar a mi extravagante madre lo absurdo de su comportamiento: que la realidad no tiene nada que ver con las películas, que existen multitud de maneras de ayudar a las personas desfavorecidas, que odiábamos las fiestas gracias a ella, que cualquier año tomaríamos la decisión de celebrar la Nochebuena fuera de casa…
Sin embargo, Navidad, tras Navidad, nuestra clemente y plácida madre hace oídos sordos a nuestras argumentaciones.
Recuerdo el año que nos tocó una tentadora mujer, aunque debería decir eligió, pues es mi madre, según ella guiada por el brazo poderoso del Señor, la que designa al comensal afortunado en la casa de acogida de turno. La buena señora no paró de guiñar el ojo a mi padre mientras las pasaba canutas con un crustáceo. El animalejo marino acabó hecho virutas salpicadas en todas partes, mantel, invitados, cuadros, tapices, cortinas, paredes…Parecía una escena sangrienta de una película de la mafia, ya que el bicho antes de ser desguazado nadaba en abundante salsa de pimentón.
Quiero hacer un inciso y declarar en calidad de hijo desnaturalizado,(ella se encargó de mi metamorfosis con denuedo), que ésta maternal filantropía en verdad es una tortura subliminal y despiadada. Mi madre somete a sus famélicos invitados sin piedad pero con caridad, a la ingesta de inusitados manjares, motivada por su fascinación por la cocina exótica internacional: Caracoles con gambas en leche de coco, estofado de cacahuete con croquetas de guisantes negros, sesos al curry, lengua de reno en gelatina de aguacate, pescado crudo en salsa de soja, algas con almendras, aleta de tiburón al daiquiri, etc.
Si cenaran en el albergue saciarían su hambre con creces. ¡Pobres!
Volviendo a las incitadoras indigentes, lo cierto es que mi padre era un gran seductor de menesterosas. Una lo mantuvo dando saltitos toda la cena debido a traviesos pellizcos propinados debajo de la mantelería china. Otra, se relamía una y otra vez haciendo acrobacias con la lengua al tiempo que lanzaba un extenso repertorio de miradas lascivas (o quizá le gustaban las ancas de rana salteadas con ojos de esturión, no sé).
La más descarada de todas fue una rolliza pelirroja que simulaba el desplome repentino de cubiertos y se metía debajo de la mesa (después de los años deduje lo que allí ocurría evocando las caras que ponía mi padre y que no supe interpretar en aquellos años de tierna y acojonada infancia).
A todo esto mi madre seguía en su órbita, que no era la terrestre, encantadísima de conocer a la nueva damnificada.
Peor que las seductoras fueron los ruidosos. Difundían meteorismos de todo tipo y origen. Para qué especificar.
Los nerviosos, irritables, perturbados, obsesivo – compulsivos con tics de todas clases nos mantenían en un estado de terror toda la velada navideña. Un pobre hombre que padecía un síndrome de nombre imposible se tiró toda la noche exclamando, ¡hijo puta! ¡Cabrón! Él tenía disculpa, sufría de espasmos involuntarios, otros que también nos lo llamaron lo que sufrían era de conciencia de clase.
Los predicadores se dedicaban a dar monsergas siempre de la misma temática: los desheredados de la tierra. Mi hermano recibió un contundente puñetazo de un exaltado porque exclamó: “Bueno, hombre, nosotros no tenemos la culpa”. Desde entonces, escuchábamos todos los discursos propagandistas sin decir ni “mu”.
Los irónicamente bautizados melindrosos rechazaban tajantemente la comida (no me extraña).En su lugar ingerían grandes cantidades de vino y champán con lo cual terminaban borrachos como cubas. A unos les daba por cantar, a otros por llorar, a otros por vomitar. Los que interaccionaban con nosotros nos besaban, nos abrazaban, nos amaban, nos increpaban…
Y así sucesivamente… ¡Un interminable rosario que aún perdura!
Este año parece ser que le toca el turno a un emigrante. “Uno de esos negritos sin papeles y con patera”. Ha dicho mi desorbitada y vergonzante madre.
Yo me pregunto si sabrá lo que es una patera, si por lo menos preparará comida africana, si sabré contestar a mi hijo que este año ya tiene edad de hacer preguntas y si no existirá una manera de acabar con todo esto de una vez.
Pero, lo que siempre he querido saber es cómo nunca llegó a filtrarse en la prensa una noticia con el siguiente titular: “La primera Dama del Estado sienta a un pobre en su mesa de Navidad”
Probablemente mi padre lo haya impedido para evitar el testimonio escalofriante de alguna de las invitadas desinhibidas.
Aunque de la costumbre de mi padre de impedir cosas preferiría no hablar.

RELATOS FINALISTAS

Dime niño de quién eres, de Julián F. Fuentes

Entonces la pastora dijo:

«Míralo. Igualito, igualito que su padre».

Y San José, ocultándose tras la mula, frunció el ceño.

Líder de audiencia: de Rosa María García Barja

Atrincherada en su casa, la Lola.
Dueña de los cuatro metros cuadrados de cárcel aparente. (Llámese cocina)
Atrincherada, si, para no ver el mundo que pasa tras la cortina de humo.
-Se queman las lentejas-
Es la tele una ventana con botones que desabrocha su curiosidad.
Por eso va desnuda desde muy temprano.
Hablan y ella escucha.
Siempre escucha en todos los idiomas que se expresa la soledad.
Estaba decidida, pasaría al otro lado de la pantalla un día de estos.
Sería la nota discordante de la Navidad.
…Ensayó una sonrisa mientras se electrocutaba montando el arbolito.
Tontamente.
Solo para ser la protagonista en los telediarios.

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