La exposición continuada a la contaminación aumenta la probabilidad de padecer trastornos neurológicos y psiquiátricos

En 2050 se estima que 153 millones de personas sufrirán demencia en el mundo. La evidencia científica relaciona la exposición continuada a los contaminantes atmosféricos con el riesgo y la prevalencia de enfermedades neurodegenerativas. Los contaminantes urbanos son el enemigo silencioso del ser humano, porque no solo perjudican la salud pulmonar y cardiovascular, sino que están estrechamente relacionados con la neuro inflamación implicada en enfermedades neurodegenerativas como la demencia, el alzhéimer, el párkinson, la esclerosis múltiple o la esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

La revista Consumer informa de que los estudios epidemiológicos también advierten del posible escenario futuro, en el que además del envejecimiento de la población, la contaminación atmosférica favorezca la aparición –más precoz y en más personas– de deterioro cognitivo. Según el reciente estudio Global Burden of Disease, publicado en The Lancet, sobre la prevalencia de la demencia y que toma 204 países como muestra, se estima que en el mundo se pasará de los 57 millones de personas con demencia en 2019 a los 153 millones en 2050.

Los contaminantes más peligrosos para la salud neurológica son la materia particulada (PM 2.5 y PM 10), es decir, las partículas de polvo, hollín, cenizas, cemento, residuos y metales en suspensión, con un diámetro de entre 2,5 y 10 micras. También del monóxido de car – bono (CO 2), ozono (O 3), dióxido de nitrógeno (NO 2) y dióxido de azufre (SO 2).

“Lo que más nos preocupa son los contaminantes procedentes del tráfico rodado, tanto de la combustión del motor como del desgaste de frenos y neumáticos. Se calcula que, entre las partículas en suspensión, alrededor del 30% de lo que respira un ciudadano medio español procede de ese tráfico rodado. Existen valores límites diarios y anuales, medidos y legislados, para las PM de 2.5 y PM 10. Pero aquellas partículas que miden menos 0,1 micras de diámetro y pueden pasar al torrente sanguíneo con más facilidad, no están reguladas. Todavía se están haciendo estudios, tanto de sus niveles como de los efectos en la salud”, advierte a la revista Consumer, Xavier Querol, investigador del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA), del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Según el último informe La calidad del aire en Europa 2022, elaborado por la Agencia Europea del Medio Ambiente en 2020, el 96% de la población urbana de la Unión Europea estuvo expuesta a concentraciones de partículas finas (PM 2.5) superiores a lo que Organización Mundial de la Salud considera seguro (5 µg/m³). Además, se produjeron cerca de 238.000 muertes prematuras por esta exposición en 2020. 

Las terribles consecuencias de la continua exposición a la contaminación

Un reciente metaanálisis realizado por investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard ha revisado más de 2.000 estudios y destacado 51 investigaciones en las que se establecía la relación entre el aumento del riesgo de padecer demencia y la exposición a las PM 2.5, el dióxido de nitrógeno y el óxido de nitrógeno. 

“Lo que hemos aprendido en los últimos años es que la exposición a este tipo de micropartículas favorece el riesgo de presentar ictus, tanto isquémico (por embolia) como hemorrágico, y deterioro cognitivo”, explica el neurólogo Javier Camiña, vocal de la Sociedad Española de Neurología. “Ahora mismo tenemos un millón de personas con demencia en España, de las cuales unas 800.000 padecen alzhéimer. Se estima que ascenderemos a dos millones y medio o tres millones de personas con demencia en los próximos 20 años en nuestro país”, añade.

Otro estudio publicado por la Oficina de Investigación y Ciencias de la Salud Ambiental de Canadá en 2019 señala la relación entre contaminantes del aire, con la mayor incidencia de trastornos neurológicos y psiquiátricos como deterioro cognitivo, demencia, ansiedad, depresión y suicidio. La clave parece estar en el estrés, al que es particularmente sensible el cerebro, y el disparador del estrés provocado por dos contaminantes concretos: PM y ozono. 

“Las evidencias recientes han demostrado que las PM y el ozono, dos contaminantes comunes con diferentes características y reactividad, pueden activar el eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA) y liberar las hormonas del estrés, el cortisol. Estas hormonas afectan a la cognición y a la salud mental. La activación crónica y desregulación del eje HPA se relaciona con efectos adversos que incluyen neurotoxicidad, estrés oxidativo y deficiente control de los procesos inflamatorios”, señala el estudio. De esta forma, una exposición continuada a la contaminación y el estrés crónico o agudo pueden llevar a cambios estructurales y bioquímicos del cerebro, relacionados con los efectos de los contaminantes en el sistema nervioso central. 

La única solución para limitar esta exposición a los responsables de los procesos oxidativos, inflamatorios y metabólicos pasaría por agilizar las medidas para reducir la contaminación atmosférica, concienciar a la población sobre el uso de fuentes de energía y de transporte menos contaminantes y reducir la exposición al aire libre de la población vulnerable en episodios de alta contaminación.

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