El Grito

 Todos conocemos a Edvard Munch por su aterrador y escalofriante cuadro, El Grito. Su estilo va a influir profundamente en el expresionismo alemán a comienzos del siglo XX. La expresión de las líneas y los colores fuertes, como el rojo, los amarillos, los anaranjados… que ya por sí solos se bastan para comunicar sentimientos o sensaciones, aparecen en Munch de una forma perfectamente planteada. En El Grito, la naturaleza es trastocada, Munch subraya la fealdad, pues el sentimiento de la angustia no puede obtener ningún indicio de belleza, ya que si lo hiciera, estaría siendo insincero.  Los expresionistas sintieron tan intensamente el sufrimiento humano, la pobreza, la violencia y la pasión que se inclinaron a creer que la insistencia en la armonía y la belleza en arte sólo podían nacer de una renuncia a ser honrado.

 Munch, así pues, nos transmite una sensación de lo más inquietante; es posible que en esta obra concretamente sea donde encontramos la máxima fuerza expresiva de su pintura, pues él, presenta unas características más asociadas a la temática del simbolismo: la figura de la mujer, el silencio, la reflexión, la mirada a uno mismo, la tristeza… es decir, la plasmación de elementos que no van hacia a fuera, como la ira, sino hacia el interior de uno mismo. La melancolía y los problemas de la propia mente serán los que Munch represente. En el cuadro de El Grito, aunque vemos fuerza y expresión clara en su modalidad, el tema no es más que el estado personal y psicológico de la figura que vemos representada, siendo tanta su agonía, que rompe ese silencio propio del simbolismo en un ahogado y desesperado grito, ojos desorbitados y mejillas hundidas que nos hacen pensar que algo terrible debió de haber sucedido.

El Grito 7

El Grito 8

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