‘El demonio bajo la piel’, sin ley ni tabú

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Quien haya entrado al cine simplemente porque ha visto que en el cartel promocional de El demonio bajo la piel (The Killer Inside Me) estaban Casey Affleck, Jessica Alba y Kate Hudson imagino que se habrá largado a los diez minutos con una expresión entre la cara de póquer y el asco. No es para menos, puesto que el estallido brutal de violencia y sexo que es el primer encuentro entre Affleck y Alba escapa a la compresión de cualquier ser humano educado como tal.

The Killer Inside Me, adaptación de la novela homónima de Jim Thompson (1952) y considerada una de las obras cumbre de la novela negra norteamericana, huye de la condición humana adquirida y se cimenta sobre el lado salvaje del hombre. Y lo hace de la forma más irónica posible: con un protagonista personado en un sheriff de un pueblo pequeño del estado de Texas, o dicho de otra forma, con el paradigma de representación de la ley, de la buena educación y los buenos modales que tradicionalmente caracteriza la sociedad sureña convertido en un atroz criminal.

La grandeza de esta película no está en el suspense de la caza del asesino ni en la ejecución de sus víctimas, esto ni siquiera es relevante. Lo que hace especial The Killer Inside Me es el exquisito (y a la vez descarnado) tratamiento que Michael Winterbottom hace de dos temas que cada vez son más tabú en nuestra sociedad: sexo y violencia.

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El controvertido Winterbottom toma prestada la mirada gélida de Haneke y pone imágenes en pantalla que asustan por su extrema naturalidad, sin autocensurarse y, lo que es más importante, sin juzgar la historia que cuenta. Es una verdad fisiológica que el sexo tiene un componente violento evidente, de la misma forma que la violencia muchas veces tiene un trasfondo de sexualidad animal. De la mezcla de ambos pueden surgir atrocidades como las violaciones, prácticas de corte perverso como el sadomasoquismo o, como es el caso que nos ocupa, historias ficticias difíciles de tragar porque se aposentan en un punto de encuentro alejado del campo de visión socialmente aceptado.

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En The Killer Inside Me las explosiones de violencia en forma de palizas bárbaras y asesinatos son todavía más terribles porque gracias al buen hacer de Winterbottom, comprendemos las razones del asesino aunque no las compartamos, pues se guía fundamentalmente por un motor tan potente como el amor, pero un amor mal aprendido desde la niñez.

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The Killer Inside Me es una obra de factura correcta que brilla por la honestidad de su propuesta y por la valentía que tantas veces le pedimos al cine actual y, por ello, ante todo es un film convulso, agitador y un verdadero reto para las conciencias.

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