El Boom de Freyder

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En la Grecia clásica podía resultar muy gracioso que las mujeres usurparan un poder político que siempre detentaron los hombres; en Flandes en el siglo XVII tres cuartos de lo mismo e incluso en la Bélgica de 1935 este cambio de papeles no dejaba de ser una sugestiva bufonada. Sin embargo; en nuestro todavía pueril siglo XXI, en que nuestra compañeras de especie ostentan cargos públicos por doquier, no deja de tener un cierto aire de broma fuera de lugar y, sobre todo, de época. Y digo esto porque el argumento de la admiradísima -no sin razón- obra maestra de Jacques Freyder, está sacado -y creo no equivocarme- de las perversas comedias de Aristófanes, en concreto de tres: La asamblea de las mujeres, Las Tesmoforias, y, en mayor medida, de Lisístrata. Pero claro, el contexto sociocultural dista mucho de ser similar, si comparamos una democracia ateniense con una democracia actual, y, lo mismo vale si pensamos en la importancia social o política de las féminas en el siglo XVII.

Pero una vez situado el film en su época de rodaje, es decir, un año antes de la guerra civil española y en las puertas de la mundial, y teniendo en cuenta que está ambientado a finales del XVI en una aldea flamenca -Boom- sin demasiada transcendencia, no deja de resultar un tierno y divertido ejercicio de comicidad y sátira de cierto cariz político, por un director que fue acusado de criticar la política y de promover el colaboracionismo con un gobierno nazi que, paradójicamente, censuró el film, así como fue censurado por el nacionalismo flamenco, e, incluso, por el franquismo, que no se qué demonios vio de antiespañolismo en un guión que, justo todo lo contrario, parece escrito por un español empalmado de nacionalismo. En fin, vivir para ver.

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Avatares y demás accidentes aparte, la película resulta muy divertida e inteligente, y hay quien dice que esto es debido a la gran participación que en ella tiene la actriz protagonista, Françoise Rosay, mujer del director, que verdaderamente se luce a lo largo de todo el metraje. Aunque no es el único personaje que brilla con luz propia en la película; así, Louis Juvet interpretando a un capellán corrupto, o Jean Murat en el papel de un galante Conde Duque de Olivares o André Alerme en el gracioso rol del pinchaúvas del burgomaestre, completan un formidable cuadro de actores que hacen avanzar al film a un ritmo de galope y que hace que nos olvidemos totalmente de la duración del mismo.

La magia de la historia reside en la habilidad magistral de Freyder para, partiendo del divertido guión de su secretario y colaborador de filmes previos, Charles Spaak, pintarnos un fino y alegre retrato de lo que podía ser una ciudad flamenca de esa época. Las imágenes cotidianas, llenas de una gracia y un encanto especial, se inspiran claramente en los lienzos de maestros flamencos como Rembrandt, Van Eyck y Bruegel (quien es homenajeado en el film) y la recreación resulta más meritoria por cuanto se rodó el largometraje en estudios y no en escenarios reales.

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Todavía deudor de efectismos cómicos del cine mudo, algunos actores se caen por escaleras… o simplemente al suelo, como cuando las mujeres de la villa van a recibir a los españoles, con toda la pompa de que son capaces y una de ellas cae sobre sus posaderas, hurtando toda seriedad al momento; eso, por no hablar de las ocas ¿un símbolo? ¿una alusión? que cruzan elplano delante de ellas. Magnífico; sencillamente.

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