¡Dios mío, no disparen contra el libretista!

«¡Giustizia!«, clama Elisabetta (Isabel de Valois), arrojándose a los pies de su esposo Filippo (Felipe II).

Estamos en el acto IV de Don Carlo, ópera de Giuseppe Verdi, y ese grito que la delicada soprano repite con desesperación a su despótico marido -¡justicia!- se me figura el grito del libretista de este drama musical (en este caso son dos los autores del texto, Achille de Lauziers y Angelo Zanardi) y, en general, de todos los libretistas de ópera que han existido, frente al olvido, incomprensión y maltrato de que fueron siempre objeto.

Todo el mundo conoce a Haendel, a Mozart, a Verdi, ¿les suenan esos nombres, verdad? Pero ¿quién conoce a Pietro Metastasio, Lorenzo Da Ponte o Arrigo Boito? Sólo los muy aficionados a la ópera. Y, díganme ¿sería la misma? ¿tendría la misma fuerza dramática el aria de Otello «Dio! mi potevi scagliar» si la maravillosa música del genio de Busseto no fuera acompañada por los versos de Boito?

Merecidísima es la fama de la cavatina «Se vuol ballare» (primer acto de las Bodas de Fígaro, de Mozart) pero ¿no debe gran parte de su éxito al gracejo, a la fina ironía que sabe expresar la letra de Da Ponte?

¡Ah, pobres libretistas, siempre tan denostados! Que si hacedores de ripios, que si poetas de segunda… Cuántas veces hemos oído -y tendremos que seguir oyendo- decir: » La ópera buena, a pesar del libreto«. Pues no señor. Si toda generalización acarrea injusticia, ésta más todavía.

No pongo en duda que lo más importante en una ópera es la música del compositor. Por supuesto. Pero, por favor, no se olviden ustedes del texto. Toda ópera nos cuenta una historia y para contar una historia son imprescindibles las palabras. Acuérdense de esos artistas que supieron emocionarnos -que siempre nos emocionarán- con sus versos.

Y para muestra, un botón:

Azucena (zíngara y bruja en El Trovador -¿se nota mucho que me gusta Verdi?-) cuenta la terrible muerte de su madre, quemada viva en una hoguera, acusada de brujería.

Fíjense cómo Salvatore Cammanaro, libretista de Il Trovatore, nos describe este momento:

Stride la vampa! Giunge la vittima
(resplandece la llama, llega la víctima)
nero vestita, discinta e scalza
(vestida de negro, desceñida y descalza)
grido feroce di morte elevasi
(un feroz grito de muerte se alza)
L’eco il ripete di balza in balza.
(el eco lo repite de barranco en barranco)
Sinistra splende sui volti horribili
(siniestra brilla sobre sus horribles rostros)
la tetra fiamma che s’alza al ciel.
(la tétrica llama que se eleva hacia el cielo)

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