‘Misión: Imposible – Protocolo Fantasma’, el ruido y la furia

‘Misión: Imposible – Protocolo Fantasma’, el ruido y la furia 9

Después de que J.J. Abrams le devolviera la dignidad a la franquicia con Misión: Imposible 3 a pesar de casar a Ethan Hunt (Tom Cruise) era interesante ver la línea que cogía en manos de Brad Bird (El Gigante de Hierro, Ratatouille), quien además afrontaba su primer reto como director de una película de acción real, y el resultado es prácticamente inmejorable: una película fresca y abonada a la desmesura. Un entretenimiento ideal, en definitiva.

A Misión: Imposible – Protocolo Fantasma le va del canto de un duro no convertirse en un spoof de sí misma con tanta autoparodia de elementos míticos de la saga (la mecha, la autodestrucción del mensaje, la acción exacerbada), con anticlímax humorísticos y bromas con un gesto característico de Tom Cruise (señalar con dos dedos) en el prólogo del film.

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Bird cambia el tono de Misión: Imposible de una forma arriesgada al adoptar de licencias formales y metalingüísticas propias del cine de animación y, cual funambulista, mantiene hábilmente una línea que roza el ridículo pero que nunca cae en él. El interés de Misión: Imposible – Protocolo Fantasma ya no reside tanto en el cómo sino en el qué. Se nutre de una amplísima variedad de situaciones sujetas a la improvisación constante, de los giros inesperados y de la química que se genera entre el equipo humano, sobre todo a consecuencia del fracaso constante de los gadgets.

Esta cuarta entrega no tiene el barroquismo de De Palma ni la precisión estilística de Abrams, pero a pesar de ser una película visualmente impersonal narrativamente es apabullante, meditadamente caótica, abonada al pitorreo y posiblemente una de las mejores cintas de acción hechas en años, una a la que no se le pueden poner “peros” porque ella misma lo hace, los abraza y se ríe de ellos.

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