A lo largo de la historia el cine ha esculpido el mito del cuerpo desnudo sobre el cuerpo femenino, convirtiéndolo en objeto del deseo erótico y paradigma de la sensualidad. La desnudez del hombre, en cambio, está ligada a otro tipo de evocaciones ambivalentes, entre la potencia física del súper hombre reflejada en cuerpos de acción como el de Sylvester Stallone (cuando aguanta estoicamente los constantes agresiones en las películas de Rambo y Rocky) hasta la vulnerabilidad extrema que vemos en secuencias impactantes como las de las duchas de American History X, con Edward Norton, y el atentado contra Viggo Mortensen en Promesas del Este.
En Shame (vergüenza), la presencia en pantalla desde el principio del cuerpo desnudo de Brandon (Michael Fassbender) refleja la fragilidad de su mente inestable que le conduce a refugiarse en el sexo compulsivo y enfermizo porque es incapaz de poner orden a sus sentimientos, especialmente los que tiene por su hermana Sissy (Carey Mulligan), cuya intrusión en su apartamento (y por tanto en su vida) le acentúa su caos interior porque ella representa la presencia femenina inamovible que él, debido a su enfermedad, es incapaz de tolerar.
La violación de su sórdida intimidad precipita el viaje autodestructivo del protagonista para huir de sí mismo, un periplo sin rumbo ni destino que lo lleva a fundirse con la oscuridad morbosa de los barrios bajos de Nueva York y a entregarse a todo tipo de vicios sexuales. Steve McQueen relata este viaje adoptando un estilo narrativo más propio del neorrealismo que del cine contemporáneo de una forma austera , naturalista y alejada de la bis lúdica del sexo, agrediendo a personajes y espectadores con la incomodidad del tiempo real.
En estos momentos en los que la trama queda en suspenso para centrarse en la tensión en los primeros minutos de una cita o para oír íntegramente una versión melancólica del “New York, New York” de Sinatra, es cuando Shame resulta perturbadora y, hasta cierto punto, espeluznante. Por esto es una pena que la película acabe traicionando sus reglas y empañe ligeramente su atrevida propuesta con un clímax operístico que raya el tópico y diluye la catarsis personal del protagonista a pesar del arrojo dramático de un intachable Michael Fassbender.