“Mientras que el corazón tiene deseo, la imaginación conserva ilusiones” (De Chateaubriand, escritor francés 1.768-1.848)
Me llama poderosamente la atención un artículo que aparece en un diario local, en el apartado Cultura y Espectáculo; sólo por el titular la curiosidad me insta a leerlo: “Payasos rusos en el Lope de Vega”. Por unos momentos, la niña que llevo dentro se despierta de su letargo, salta de alegría y me anima a ir. ¡No logro imaginarme tanta algarabía por un espectáculo! Sin pensarlo dos veces adquiero el ticket vía Internet.
Es la hora. Desde que entro al patio de butacas observo que “algo” flota en el ambiente. Mis sentidos se agudizan y me entrego a ese mundo onírico y de ilusión. Me sorprende el ruido de una antigua locomotora que resuena en la sala, imagino que estoy en una estación, gente de todas las edades ocupan el andén. Está a punto de partir ese tren fantástico que me transportará a ese fabuloso mundo mágico. Por megafonía una voz anuncia el comienzo del viaje, ¿a dónde…? Desde mi butaca siento que soy transportada al Edén perdido de mi infancia.
El escenario se convierte en un mundo de sueños habitados por entrañables e impredecibles CLOWNS, muy distintos a los típicos payasos del circo que nos muestran las bondades de la risa y la cara más alegre de la vida. Creo que, tanto el público como yo, contemplamos la belleza y la extrañeza de lo que sucede ante nuestros ojos.
El principal personaje se destaca por su estrambótica vestimenta amarilla, un hombre que refleja cierta soledad y un simple copo de nieve que se le posa en el hombro es el motivo de la historia. Pero todo eso termina, una vez que salen al escenario cuatro singulares amigos que son el ingrediente para que la trama vaya desarrollándose. El clown ruso Slava Polunin, “considera que es muy difícil definir con palabras una obra que está concebida para explicar las cosas sin necesidad de hablar”. La mímica, los gestos y la expresión corporal es el “alma vitae” durante toda la representación. Creo que lo más mágico y complicado está precisamente fuera de las palabras.
La obra, mezcla de lo absurdo, la comedia y la tragedia reúne un sinfín de sentimientos y emociones que provoca, individualmente, una idea diferente sobre el espectáculo. La verdad es que estos personajes no escatiman sus ocurrencias para sorprender, desde el primer momento lograron cautivarme, desde hacía mucho, mucho tiempo no reía con tantas ganas. Cada escena es más sorprendente que la anterior.
El espectáculo está constituido en dos actos, cada uno integrado por varios cuadros. Es de resaltar la belleza de la escenografía a través de elementos tan simples como una escoba, una cama, una cuerda, globos, maletas, un perchero y una gabardina se recrean historias realmente conmovedoras y sensacionales. La música es otro de los componentes importantes que irrumpe en el escenario. El tiempo transcurre veloz.
Sin darme cuenta estoy viviendo en primera persona experiencias inauditas, como sentirme envuelta, literalmente, por una gigantesca tela de araña que parte desde el escenario y se va extendiendo por el patio de butacas, por encima de nuestras cabezas enredándonos entre sus pegajosas fibras, mientras que en el techo se balancea una enorme araña, triunfante de su travesura. Slava’s rompe las normas con los impactantes efectos visuales y, sólo nos pide a cambio, sinceridad y presencia. ”La fantasía tiene fama de ser la loca de la casa” (Ortega y Gasset, filósofo y ensayista español 1.883-1.955)
El intermedio no es más que un pretexto para que los personajes tengan la oportunidad de interactuar con los asistentes, ya que cuatro de ellos bajan del escenario y sorteando, con perfecto equilibrio gracias a la ayuda de un viejo paraguas, saltan de una butaca a otra por encima del público. En sus manos sostienen una agujereada botella de agua que agitan produciendo una inesperada lluvia. Después nos incitan a aplaudir al mejor, juegan con nosotros.
Creo que una de las escenas más conmovedora es cuando el personaje principal aparece con una maleta, saca un perchero al que cuelga un sombrero y una gabardina. Luego saca su brazo por la manga produciéndose el efecto que se están abrazando dos personas en una ineludible y triste despedida.
Opino que el espectáculo no es meditado, preparado, nada de convencionalismo ¿el secreto? Estar allí, presente. Dejo hechizarme por la versátil historia de los clowns. Mil emociones, sensaciones se despertaron en mí durante la representación. Agua, burbujas de jabón, hielo seco para producir deslumbrantes efectos, una pequeña pieza de papel es el protagonista de la nieve; al final me doy cuenta que no tengo más de 6 años.
El poder de la imaginación, el humor y la magia de la creatividad son tres de los elementos que se conjugan en cada escena, una magnifica exhibición. Nunca he asistido a un espectáculo en el que se involucrara al espectador, que acaba convirtiéndose en el principal protagonista, según su autor:”Al principio del show, yo trabajo y el público mira. Y al final, yo miro y el público trabaja. La idea es transportar al público a un mundo fantástico”.
Un inesperado fin de fiesta nos espera a todos, cuando una avalancha de nieve inunda el escenario y se expande por el patio de butacas hasta el abovedado techo del teatro. Aún no repuesta de mi asombro, los personajes lanzan al público gigantescas pelotas de diversos colores. Emocionados comenzamos a juguetear con ellas. Me encuentro atrapada en la magia de Slava Polunin. En estos momentos, la interacción de los clowns con el público es como una válvula de escape a las emociones y sentimientos contenidos durante la representación y, todo estalla es un hermoso final. Se bajan del escenario y se mezclan con el público. Aplausos, enhorabuenas y saludos se entrecruzan.
La obra se ha acabado. Observo que nadie quiere marcharse. Yo, tampoco.
“Mi mayor ilusión es seguir teniendo ilusiones” (José Narosky, escritor argentino)